











Es domingo a la tarde. Estamos a unos 12 kilómetros de Mar del Plata, en la Laguna de los Padres.
La laguna se encuentra al pie de las sierras, dentro de una reserva natural de casi 700 hectáreas. El agua ocupa buena parte del paisaje y lo llena de calma.
Vine a buscar imágenes para la serie Rayanos. Me acompañan Flor y Manu.
Este es un buen lugar para fotografiar: juncales, pastizales amarillentos que cambian de color según la hora, barrancas bajas y árboles altos que recortan el horizonte con esa línea irregular que me gusta fotografiar. Al fondo, las sierras dibujan un perfil bajo y ondulado, como si contuvieran todo el paisaje.
Para Rayanos busco imágenes limpias, minimalistas.
Pero hoy no es un buen día para eso.
Hay demasiada gente que vino a dominguear. Es una tarde de invierno y el sol está escondido detrás de las nubes.
Damos unas vueltas buscando un claro desde donde disparar, pero en todas las direcciones aparecen autos y camionetas estacionados junto a la laguna.
Desisto.
Vamos a buscar agua caliente y unas tortas fritas al almacén Pulpería El Caballito, que está dentro de la Reducción Jesuítica Nuestra Señora del Pilar.
Me atiende Mauro, de sonrisa tranquila. Me cuenta que hace quince años trabaja acá mismo.
Mientras me alcanza el paquete con las tortas fritas, me señala una estantería con algunos libros.
El dueño es su suegro, Don Alberto Flügel Uzal, un historiador apasionado por la historia de esta zona.
Los libros son suyos: En el camino de los Jesuitas, Mirando el pasado y Cuentos y anécdotas de los pagos de antaño.
Afuera, el cielo sigue encapotado y, por un momento, siento que todo ese pasado del que habla Mauro parece filtrarse por las paredes del almacén.
La Reducción Jesuítica Nuestra Señora del Pilar es una réplica de la original, fundada por los jesuitas para evangelizar a los pueblos originarios. Funcionó entre 1746 y 1751.
Los jesuitas eligieron este lugar, junto a la Laguna de los Padres, por el agua dulce y las tierras fértiles.
La experiencia duró apenas cinco años.
Las reducciones eran pequeños pueblos organizados alrededor de una plaza, con capilla, viviendas, talleres y huertas. Allí los pueblos originarios aprendían agricultura y distintos oficios, mientras los jesuitas intentaban imponerles la lengua y la religión cristiana.
Algunos se acercaron buscando protección y alimento, pero el proceso también implicó desarraigo y la pérdida de costumbres, creencias y lenguas.
Los conflictos con otros grupos indígenas y las dificultades para sostener la misión en un territorio tan extenso terminaron provocando su abandono.
La réplica actual fue construida con fines educativos y turísticos. Se puede visitar la capilla, recorrer los ranchos, ver herramientas y utensilios y conocer parte de la historia arqueológica de la región.
Más que reconstruir un pasado idealizado, el lugar permite acercarse a una historia de encuentros, conflictos y transformaciones que cambió para siempre estas tierras.
Antes de irme, vuelvo a pasar por uno de los ranchos.
Quiero ver de nuevo una imagen que me acompaña desde que era chico.
Cuando éramos niños en Rauch y nos dolía la panza, papá nos llevaba a lo de Doña Dora Roldán para que nos curara el empacho.
En una de sus paredes de adobe colgaban varias fotos antiguas. Había una que siempre me llamaba la atención: una persona con una expresión que me resultaba difícil de descifrar.
Yo pensaba que era algún familiar de Doña Dora.
Pasaron muchos años hasta que, durante un viaje a la Patagonia, mientras atravesaba el gran valle de Río Negro por la Ruta Nacional 22, me encontré con la misma foto.
Esta vez estaba en un enorme cartel:
“Bienvenidos a Chimpay, cuna de Ceferino Namuncurá”.
Ahí descubrí quién era.
Ceferino Namuncurá fue un joven mapuche nacido en 1886, hijo de un respetado lonko de la Patagonia. Su padre lo envió a Buenos Aires para que estudiara con los salesianos, donde nació su deseo de convertirse en sacerdote.
A los 17 años viajó a Italia para continuar su formación, pero enfermó de tuberculosis y murió a los 18.
Décadas más tarde fue declarado beato y comenzó a ser venerado como el “Santo Indio”. Su tumba en Chimpay se convirtió en un lugar de peregrinación.
Me gusta lo que Don Alberto logró en este lugar: un espacio donde la historia no aparece solamente como una sucesión de fechas y nombres, sino como algo que todavía nos interpela.
Pasaron un par de semanas y pude hablar con él.
Me ayudó a entender mejor la historia de la laguna.
La Laguna de los Padres tomó su nombre después del éxodo de los jesuitas. Quienes pasaban por la zona y necesitaban señalar un punto de referencia hablaban de la “laguna ande han estado los padres”.
La expresión fue quedando.
Con el tiempo, toda la tierra comprendida entre la costa y el arroyo San Julián de Vivoratá pasó a conocerse como el Pago Laguna de los Padres.
Ese nombre dio origen a una estancia fundada por Ladislao Martínez en 1828: la Estancia Laguna de los Padres.
Más adelante, la estancia impulsó la construcción de un puerto sobre la costa del mar, que también fue llamado Puerto Laguna de los Padres.
Hasta que apareció Patricio Peralta Ramos.
Compró la estancia y, en ese puerto, fundó una ciudad.
El puerto cambió de nombre.
La ciudad también.
Mar del Plata.
A sus 84 años, Don Alberto me relata estas historias con una pasión que conmueve. Su voz se enciende al recordar cada detalle.
Lo escucho y pienso que quizá para ser historiador no alcanza con conocer los hechos.
Hay que sentirlos.
Vuelvo a jugar un rato al fútbol con Manu antes de que se ponga el sol.
