
El Vivero Dunícola Florentino Ameghino de Miramar es una gran reserva forestal, un pulmón verde que vecinos y visitantes disfrutan como espacio recreativo, y también un proyecto ambiental que transformó radicalmente el paisaje costero de la región.
Durante miles de años, el mar y el viento moldearon esta costa. Primero el agua, formando acantilados, playas y lagunas; después el viento, levantando dunas y empujándolas tierra adentro.
Hace cien años, esos médanos avanzaban como un mar seco, tragándose caminos, alambrados y cultivos.
Fue entonces cuando, en mayo de 1923, nació el Vivero Dunícola Florentino Ameghino, con el objetivo de fijar esas dunas inquietas plantando árboles: pinos, eucaliptos, acacias, tamariscos.
Domar ese mar de arena con raíces.
Fue una experiencia pionera de ingeniería ambiental en la costa argentina.
Lleva el nombre de Florentino Ameghino, el naturalista autodidacta que sentó las bases de la paleontología argentina y nos enseñó a mirar debajo de nuestros pies.
Florentino buscaba respuestas bajo la tierra; acá se buscó dar vida desde ella.
Miles de árboles fueron sembrados, hilera tras hilera, y con cada primavera el bosque fue creciendo.
Pero debajo de esos árboles había otra historia esperando ser descubierta.
Unas horas antes de entrar al Bosque Energético, pasamos por el Museo Municipal de Ciencias Naturales Punta Hermengo, también dentro del vivero.
Afuera, entre los árboles, hay esculturas a escala real: un calamar gigante, una tortuga marina de tres metros y otras criaturas que parecen pertenecer a otro tiempo.
Punta Hermengo es un sitio fosilífero excepcional del Pleistoceno, con más de 100.000 años de historia enterrada entre médanos y barrancas.
Acá aparecieron restos de animales que parecen salidos de un sueño prehistórico: el Smilodon, el Toxodon, la Macrauchenia y el Arctotherium angustidens, un oso gigante considerado el más grande del que se tenga registro.
También se encontraron fósiles únicos, como los del ciervo prehistórico Morenelaphus brachyceros.
Nos recibe Luciana Villafañe, técnica en Paleontología. Nos acompaña por las salas, donde pueden verse fósiles de gliptodontes y aves del terror, restos arqueológicos y ejemplares de la fauna marina local.
Abril y Manu miran todo con los ojos bien abiertos.
También visitamos el laboratorio a la vista, donde Luciana y Emmanuel Segura, paleontólogo, preparan huesos fósiles que pronto serán parte de la muestra.
Luciana llegó a la paleontología casi sin buscarlo. Vivió en varias provincias por el trabajo de su papá y, a los 28 años, se mudó a Lago Puelo. Allí, casi literalmente, la tierra empezó a ponerle fósiles en los pies.
“Una vez que la paleontología entra en tu vida, no hay vuelta atrás”, dice con una sonrisa. “Te atrapa. Te transforma.”
Empezó como voluntaria, por pura pasión, y cuando se abrió la carrera de Técnica Superior en Paleontología no lo dudó.
Desde fines de 2023 trabaja en el museo junto a Emmanuel, dedicándose a la extracción y preparación de fósiles de la zona y a la divulgación científica.
“Los fósiles no deberían quedar en un pequeño círculo de especialistas. La paleontología no solo nos conecta con el pasado: también nos ayuda a pensar el futuro. Y para eso, hay que compartirla.”
Salimos del museo y nos internamos entre los árboles.
En lo profundo del vivero hay un sector conocido como Bosque Energético.
Dicen que allí hay un lugar donde la naturaleza se comporta de manera extraña: las brújulas se alteran y los GPS se desorientan.
Las explicaciones van desde fenómenos magnéticos hasta la caída de un meteorito o, directamente, portales dimensionales.
Algunos hablan de energía. Otros, de sugestión.
Para muchos es simplemente parte del folclore del lugar.
Para otros, algo más.
Y para los chicos, no hace falta decidir.
Los pasos crujen sobre las ramas secas. El aire huele a tierra y hojas. No hay apuro. No hay señal.
Solo el presente.
Abril y Manu empiezan a buscar duendes entre los troncos.
Cada uno elige un árbol y lo abraza.
Se quedan así unos segundos, en silencio, esperando que algo suceda.
Con un par de ramas hacemos una “T”: una apoyada sobre la otra.
Al acercar las manos, la rama de arriba comienza a girar.
Los chicos se miran sorprendidos.
Yo también.
No sé si es equilibrio, viento, magnetismo o simplemente una casualidad.
Tampoco importa.
Disparo varias veces, intentando capturar ese microclima donde la realidad y la imaginación se mezclan.
Los chicos siguen explorando el bosque, convencidos de que en cualquier momento puede aparecer un duende detrás de un árbol.