

Cuando estudiaba fotografía aprendí que para hacer fotografía de paisajes hay que bajar el ritmo. Caminar sin apuro, hacerse amigo del silencio y dejarse sorprender.
Esto lo entendí mucho antes de tener una cámara digital.
Una tarde, en el taller de fotografía de Julián Rodríguez, entre charlas y mates amargos, una compañera me preguntó si había leído la carta de Sergio Larraín. Yo ni siquiera sabía quién era.
—Sergio Larraín es un fotógrafo chileno que te va a encantar. Sus fotos tienen poesía. Fue fotógrafo de Magnum —me dijo.
Esa misma noche me envió la carta por correo.
«Lo primero de todo es tener una máquina que a uno le guste, la que más le guste a uno, porque se trata de estar contento con el cuerpo, con lo que uno tiene en las manos y el instrumento es clave para el que hace un oficio, y que sea el mínimo, lo indispensable y nada más.»
Han pasado veinticinco años, pero desde que la leí, no ha dejado de acompañarme.
Larraín la escribió en 1982 para su sobrino, que estaba empeñado en aprender fotografía y le había pedido algunos consejos.
La carta resultó ser mucho más que una guía técnica. Era una manera de entender la fotografía y, quizás, también la vida.
Su filosofía errante, que celebra el azar, la intuición y la deriva, me marcó profundamente.
«El juego es partir a la aventura, como un velero, soltar velas. Ir a Valparaíso, o a Chiloé, por las calles todo el día, vagar y vagar por partes desconocidas, y sentarse cuando uno está cansado bajo un árbol, comprar un plátano o unos panes y así tomar un tren, ir a una parte que a uno le tinque, y mirar, dibujar también, y mirar.
Salirse del mundo conocido, entrar en lo que nunca has visto, DEJARSE LLEVAR por el gusto.»
Larraín hablaba de las imágenes como peces que uno encuentra mientras vaga. Después, al volver a casa, las revelaba, las copiaba y las pegaba en la pared para mirarlas durante días, semanas o meses.
«Uno se demora mucho en ver, pero poco a poco se te va entregando el secreto y vas viendo lo que es bueno y la profundidad de cada cosa.»
También insistía en algo que todavía me acompaña: no forzar la salida a fotografiar.
«Nunca fuerces la salida a tomar fotos, porque se pierde la poesía. La vida que ello tiene se enferma. Es como forzar el amor o la amistad. No se puede.»
Y hacia el final de la carta aparece una de sus ideas más sencillas y poderosas:
«Sigue lo que es tu gusto y nada más. No le creas más que a tu gusto.»
Cuando terminé de leerla, entendí que fotografiar no era solamente aprender a manejar una cámara. Había que salir, caminar, perderse, mirar y esperar.
“Soltar velas”, como él decía.
Con los años descubrí que muchas de las cosas que más me gustan de la fotografía vienen de ahí: salir sin saber exactamente qué voy a encontrar, dejar que el paisaje me sorprenda y confiar en aquello que despierta la curiosidad.
No siempre salgo a buscar una foto.
A veces simplemente salgo a caminar.
Y si aparece algo que me conmueve, saco la cámara.
La poesía no se puede forzar. Quizás por eso todavía me gusta aquella imagen de Larraín caminando «lentito, como si estuvieras curado por el gusto de mirar».
Veinticinco años después, sigo intentando hacer eso.