Para quienes nunca han estado, llegar a Rauch es como entrar en una pausa del tiempo.

El paisaje es sereno y minimalista, sin montañas ni dramatismos, pero con una belleza cruda y auténtica.

La llanura pampeana se despliega en todas direcciones, infinita y silenciosa. Campos sembrados se extienden hasta perderse de vista, interrumpidos apenas por molinos, alambrados oxidados o alguna silueta de ganado que se recorta en la distancia.

Rauch se fundó en 1872 sobre tierras de la estancia “El Carmen”, a la vera del arroyo Chapaleufú.

Esta zona tiene una historia geológica muy antigua, de más de 2.000 millones de años. Forma parte del Sistema de Tandilia, uno de los bloques rocosos más viejos de Sudamérica.

Al principio, era parte de un antiguo continente con rocas muy duras como granitos y gneises. Luego, el mar cubrió la región varias veces, especialmente hace unos 500 millones de años, dejando sedimentos y fósiles de animales marinos como los trilobites.

Con el paso del tiempo, el terreno se elevó y la erosión fue moldeando el paisaje hasta formar las suaves lomadas y los suelos fértiles que vemos hoy.

A la mañana temprano, la helada pinta el campo de blanco. Es invierno, y el frío se hace sentir con fuerza, afilando el aire y volviendo todo más quieto, más íntimo.

Como paisajista, aprendí que para capturar el silencio hay que detenerse y esperar. Parado sobre la caja de la camioneta, tengo una visión panorámica. Es un escenario de pocos elementos, pero cargado de atmósfera.

Hoy estoy disparando con un 28 mm fijo. Es un lente que me permite capturar perspectivas amplias sin distorsionar en exceso. Me sirve para este tipo de paisajes abiertos y me ayuda a generar una sensación de profundidad e inmersión.

Mi intención es que quien vea las imágenes no solo observe el paisaje, sino que se sumerja en él, que sienta que forma parte de esa inmensidad.

Disparo unas cuantas veces y vuelvo a la cabina de la camioneta. Estoy fotografiando para la serie Entre Paisajes. Las imágenes flotan entre la realidad y la poesía, entre la emoción y el asombro que provocan los paisajes naturales.

El mate, amargo y caliente, me ayuda a recuperar el calor del cuerpo y a volver a sentir los dedos. El frío es intenso, cortante, pero prefiero mantener las manos desnudas al fotografiar. Hay guantes diseñados para conservar la sensibilidad al presionar el obturador, pero no me interesan.

Me gusta sentir el frío. Ese contacto directo con el entorno me conecta. Es una forma de permanecer presente, de no estar al margen de lo que sucede afuera. Así logro integrarme un poco más al paisaje que estoy retratando.

La incomodidad, el temblor leve y la piel tirante me recuerdan que estoy ahí, intentando capturar no lo que veo, sino más bien lo que se siente al estar en este lugar.

Muy cerca de acá estaba la biblioteca de la abuela Rita, un lugar que olía a papel viejo. Allí, entre libros como Walden, de Henry David Thoreau, y En el camino, de Jack Kerouac, empecé a imaginar otros paisajes, otros caminos, otras formas de vivir.

Cuando en los años 90 descubrí la fotografía, encontré la manera de salir a buscarlos y, a través de las imágenes, ser parte de ellos mientras contaba historias.

El pasto empieza a ponerse verde otra vez. El sol, en julio, nunca está muy alto. Empiezo a volver al pueblo.

Otra mañana, Papá me llevó a la chacra de Don Santiago Biondi, un viejo amigo. A sus 79 años, tiene las manos curtidas por el tiempo y la mirada calma de quien conoce profundamente su oficio.

Es uno de los sogueros más reconocidos del país. Aprendió a trabajar el cuero cuando tenía 15 años, observando durante horas cómo se trenzaban las sogas. Con los años, aquella curiosidad se convirtió en oficio y el oficio, en arte.

Lo encontramos haciendo arreglos en su motorhome, su hogar y galería rodante, que lo lleva de pueblo en pueblo junto con su obra.

Después de los saludos, Papá y Don Santiago se quedaron un buen rato recordando sus andanzas de juventud. Finalmente, me llevó a conocer su taller, construido sobre un viejo rancho de adobe, y me mostró su última obra: el mango y la funda de un cuchillo que pronto llevará a la Rural de Palermo.

Durante años también se dedicó a enseñar lo que aprendió, formando a nuevas generaciones de artesanos y manteniendo vivas las técnicas de la soguería tradicional.

Volvemos al pueblo inspirados por esa energía de seguir creando.

Al atardecer, nos encontramos con Mamá, Flor, Abril, Manu, Atahualpa y Andino para ir a cenar a Odiseo. Román nos recibe con una sonrisa. Es el menor de mis dos hermanos.

Desde chico encontró en la cocina su refugio, su manera de expresarse. Aprendió a cocinar casi al mismo tiempo que aprendía a escribir.

Cocinero nómada, se fue curtiendo entre viajes a la costa, por la cordillera de los Andes y por toda Latinoamérica, especialmente en Perú, donde descubrió sabores únicos, formas distintas de cocinar y una tradición culinaria bien arraigada.

Durante la pandemia, se instaló con su familia en el pueblo. Acá le dio continuidad a un sueño: Odiseo, un proyecto que refleja su amor por la cocina honesta, su conexión con la naturaleza y su forma de entender la vida: como una travesía que se saborea paso a paso.

Pido la especialidad de la casa: el Goulash Montañés, un estofado de carne y papas que fue perfeccionando con el tiempo, y con esa paciencia que solo tienen quienes aman lo que hacen.

Para cerrar el día, el flan casero de Mamá, con dulce de leche.

 

Mamá lleva más de medio siglo preparándolo, así que te podrás imaginar lo increíble que es.