






Una tarde de verano, llegamos a acampar en una carpa de techo a playa La Redonda, en la Ruta 11 a la altura de l km 544, en la zona de Chapadmalal.
Chapadmalal es un lugar clave para entender el Gran Intercambio Biótico Americano, cuando especies del norte y del sur se mezclaron por primera vez.
Hoy, esta zona de la costa atlántica es uno de los sitios más ricos en fósiles de Argentina y ayuda a comprender la evolución de la vida aquí.
Lo más fascinante es que este patrimonio está a la vista, aunque muchas veces pase desapercibido. Cada año, ojos curiosos encuentran nuevos fósiles que el equipo del Museo de Ciencias Naturales Lorenzo Scaglia rescata para estudiarlos y compartirlos con el público.
Me acompaña Abril, que tiene 7 años y le encanta acampar y todo el folclore que rodea el acampe en La Redonda: el fogón, ver salir el sol desde el mar y buscar gliptodontes en el acantilado cuando baja la marea.
Todavía quedan un par de horas de día. Apenas acomodamos un poco el campamento en el bosque de siempreverdes, salimos corriendo a pegarnos unos chapuzones para sacudirnos el calor y el hastío que arrastramos de la ciudad.
El océano, más que cualquier otra cosa, tiene el poder de anclarte en el presente. Desde el momento en que pisas la arena, respiras hondo y das el primer paso hacia el agua salada, en ese choque frío y reparador, solo existe el disfrute de cada gota de mar.
Un rato más tarde, antes de que el sol se apague detrás del horizonte, disparo varias veces desde el acantilado. Estoy empeñado en reflejar la poesía del océano atlántico.
Al revisar la tarjeta de memoria, creo que tengo un par de imágenes que valen la pena. Esta noche voy a dormir contento.
Cuando empecé a hacer fotos en los 90, cargaba con rollos de película que, tras cada sesión, guardaba en frascos de plásticos opacos donde la luz quedaba atrapada en el celuloide. Cada disparo era un pacto con la incertidumbre: treinta y seis oportunidades que viajaban hacia el cuarto oscuro, donde se revelaría el resultado.
Aprendimos a convivir con la ansiedad de esperar días hasta ver cómo habían salido esas fotos.
En los 2000, aparecieron las primeras cámaras digitales y fueron revolucionarias. Poder ver las imágenes inmediatamente era magia pura: presionaba el obturador y un visor LCD brillaba como un oráculo, mostrándome el resultado al instante, antes siquiera de que el momento se desvaneciera.
Me daba la oportunidad de afinar mi visión creativa en tiempo real.
Prendemos un fuego para hacer un asado. Mientras las llamas crecen y chisporrotean, el bosque se llena de chispas y crepitaciones. Le cuento a Abril que este ritual acompaña al ser humano desde hace más de 10.000 años.
Claro que no tuvimos que salir a cazar un animal salvaje, pero el gesto de quedarse observando cómo la carne se cocina al fuego es exactamente el mismo. El vino, sin embargo, es un lujo que aquellos primeros pobladores no podían imaginar.
Después de comer, caminamos hasta el borde del acantilado. El viento trae el olor a mar abierto mientras montamos la cámara sobre el trípode y nos quedamos un rato mirando hacia arriba, buscando una estrella fugaz.
Encontramos la Cruz del Sur, el Cinturón de Orión, las Nubes de Magallanes y un punto rojo que parecía ser Marte. La oscuridad se abre como un gran telón negro salpicado de pintitas que brillan intensamente.
Hay luna nueva. La negrura de la noche es perfecta para hacer fotografía de estrellas.
Desde tiempos remotos, el cielo nocturno ha cautivado a navegantes, filósofos y científicos, y ha quitado el sueño a poetas y soñadores.
Todas las culturas tuvieron algo que decir sobre él, alguna historia, alguna creencia, alguna explicación.
A la vez, es este mismo cielo el que nos une a todos: cada ser humano que alguna vez vivió contempló estos mismos astros que ahora miramos con Abril.
—Lo que hace esta experiencia aún más mágica —le digo, mientras ajustamos el encuadre— es que muchas de las estrellas que estamos fotografiando ya no existen; su luz tardó años, siglos, en llegar hasta el sensor de nuestra cámara. Literalmente, estamos fotografiando el pasado.
Mientras Abril lo observa con curiosidad y asombro, siento que estamos creando recuerdos que podrían durar toda la vida… o quizás no tanto.
Pero al menos estamos cimentando en ella una forma de conexión con el universo. Estas experiencias, por pequeñas que parezcan, pueden dejar huellas profundas.
Se escucha cómo rompen las olas contra la pared del acantilado, unos quince metros más abajo. Es un sonido hipnótico.
Una vez que tenemos varias imágenes, volvemos al campamento y nos acomodamos en la carpa. La estamos estrenando, parece muy cómoda.
Después de una noche como esta, es difícil no sentirse, aunque sea por un momento, parte de algo mucho más grande.
Como a las tres de la mañana llovió de lo lindo. La carpa está buenísima, no pasó ni una pizca de agua.
Al amanecer, el mar casi no se distingue desde el acantilado. Una niebla espesa cubre todo, borrando los contornos y volviendo el horizonte un misterio. Es un paisaje surrealista.
Hacemos varios disparos antes del desayuno.
