El día 1 empieza en el famoso Km 82, cerca del pueblo de Ollantaytambo. Desde aquí, nos esperan unos 12 kilómetros de caminata hasta Wayllabamba, el primer campamento nocturno, si todo va bien nos tomará unas seis horas de caminata. Partimos a 2.720 metros de altura y de a poco subiremos hasta los 3.000 metros del campamento. 

 

La guía se llama Intiña, nos pide los permisos y, una vez que todo está en orden, cruzamos el río Urubamba por un puente colgante, conocido como puente de Ch'achabamba.

 

 La emoción es grande: estamos entrando en territorio de antiguos caminos ceremoniales. Comienza un recorrido que mezcla historia, naturaleza, espiritualidad y en mi caso, también fotografía.



Me preparé físicamente muy bien para hacer el camino. Dicen que el primer día es el más fácil de los cuatro, con poca pendiente, pero me siento cansadísimo desde el primer paso, la mochila me pesa como un elefante. Anoche hubo una fiesta en el Pariwana. Claro que no me sumé, pero la música y mi ansiedad no me dejaron dormir bien; dormí en pedacitos.

 

Avanzamos entre campos de cultivo, pequeños pueblos andinos y quebradas rodeadas de montañas. Pasamos por el sitio arqueológico Llactapata, un complejo agrícola y militar con andenes y viviendas.

 Desde el camino se obtiene una vista panorámica de sus terrazas escalonadas. 

 

Me duele la cabeza y, a ratos, siento ganas de vomitar. Así y todo estoy disfrutando el camino. La belleza del paisaje hace que valga la pena cada paso.

 

Llegamos a Willkarakay, un pequeño puesto militar que controlaba el acceso al valle.

 

Somos un grupo de diez viajeros. Intiña contagia entusiasmo. Se nota que ama su trabajo. Nos hace ver detalles que, de otro modo, permanecerían invisibles.

 

Antes del atardecer alcanzamos el campamento en Wayllabamba. 

Me siento terrible. 

Ceno algo y me meto en la carpa, espero dormir bien y recuperar fuerzas para mañana, dicen que es el día más desafiante de los cuatro.

 

El día 2 me levanto mejor para enfrentar los 11 km que nos esperan. Hoy cruzaremos el punto más alto de la ruta: el Abra de Warmiwañuska, a 4.215 metros.

A medida que subimos, la vegetación cambia, dejamos atrás los valles verdes y entramos en la puna, con ichu, el pasto andino,  y montañas desnudas. El aire se hace más delgado y cada paso cuesta más.

 

El paisaje me invita a soltar la cámara, a contemplar en silencio, a dejar que la montaña me atraviese. Caminar este camino está siendo un viaje hacia adentro, un espejo de lo que soy y de lo que busco ser.

 

Después de cinco horas de subida, llego al Abra de Warmiwañuska. Su nombre significa “la mujer muerta”, porque el perfil de la montaña recuerda a una silueta acostada.

 

Es un momento especial. Se vive como una prueba espiritual. Aprovecho para descansar y tomar aire. Me siento mucho mejor que ayer.

 

Comienza un descenso largo y empinado hacia el valle de Pacaymayo. Del otro lado de la montaña, el viento cambia de carácter: ahora sopla frío y filoso.

 

En el camino reaparecen los riachuelos, los pequeños bosques y las quebradas.

 

Al caer la tarde, cerca de las cinco, llego al campamento Pacaymayo, a 3.600 metros. 

 

De noche, cuando el cielo se abre, las estrellas se muestran con una nitidez asombrosa… hasta que vuelven a taparse.

 

Hoy el camino habló más al corazón que a los ojos. 

Me duele todo, me voy a dormir contento. 

 

El día 3 amanece lloviendo. No es lo más motivador salir con las lajas brillando, pero no hay opción: el camino no se detiene por el mal tiempo.

Desayunamos y empezamos la subida al paso de Runkurakay, a casi 3.900 metros. Las piernas pesan, pero la montaña empuja hacia arriba.

 

Muy cerca están las ruinas de Runkurakay, un pequeño puesto circular que servía como punto de control y descanso.

 

El sendero desciende rápido.. Camino despacio, los bastones me salvan.

Entre la niebla que va y viene, aparece Sayacmarca. El nombre significa “pueblo inaccesible”, y parece bien elegido. Se levanta sobre una colina escarpada, con escalinatas interminables y pasajes angostos que parecen un laberinto suspendido en el vacío.

 

Otra subida hasta el tercer paso, a 3.700 metros. 

Casi no hago fotos. Estoy metido en mis pensamientos, no quiero distraerme.

 

Más adelante aparece Phuyupatamarca, la “ciudad sobre las nubes”. Es un conjunto de andenes, baños ceremoniales y recintos. Vistas de montañas envueltas en nubes.

El mundo parece flotar.



Todo huele a tierra mojada y vida nueva. 

 

El sendero se vuelve aún más mágico: túneles incas tallados en la roca, pasadizos húmedos cubiertos de musgo, helechos y orquídeas.

 

Hoy casi no agarre la cámara.

 

Al final del día llegamos empapados a Wiñay Wayna, con templos dedicados al agua. 

 

Wiñay Wayna, me encanta cómo suena en quechua, tiene música. 

 

Intiña me cuenta que significa “eternamente joven”

 

Y sigue: “En este camino se pone a prueba el cuerpo, pero también la mente y el espíritu. Para nosotros hacer el Qhapaq Ñan simboliza un renacimiento: dejar atrás lo viejo y abrirse a una nueva visión de uno mismo.”

 

El campamento está cerca. 

Primera ducha en tres días. 

Caigo rendido.

 

Mañana, antes de que amanezca, iniciaremos el último tramo de 5 km que nos llevará a la ciudad escondida de Machu Picchu.



Dia 4 

 

Son las 4 de la mañana. Avanzamos en silencio, las linternas en la frente iluminan apenas el sendero gastado por tantos pasos. El cielo está encapotado, pesado, aunque por suerte dejó de llover a la medianoche.

 

Cada sonido resuena fuerte en la oscuridad: el chapoteo de las botas, los bastones golpeando las piedras, la respiración agitada.

 

Queremos llegar a tiempo para ver el amanecer desde Inti Punku, la Puerta del Sol.

 

Hay tensión en este tramo. Caminamos con pasos rápidos entre la penumbra y la neblina.

 

De pronto aparece la escalera —conocida como la “escalera del mono” por su pendiente casi vertical—. Del otro lado está el Inti Punku.

 

La subo con todo lo que me queda. Una mano me ayuda en los últimos escalones, y yo hago lo mismo con quien viene detrás.

 

Después de tanto imaginarlo, por fin estoy en  la Puerta del Sol.

Desde aquí debería verse Machu Picchu, pero la niebla lo cubre todo. Ni sé hacia dónde mirar.



El portal se llena de caminantes. A pesar de la decepción inicial el ambiente es de alegría y agradecimiento. El esfuerzo valió la pena. Algunos lloran, otros se abrazan, se hacen selfies.

Solo queda un descenso de media hora hasta la entrada a la ciudadela.

 

Me quedo esperando. Dicen que cuando el sol sube más alto, limpia la niebla.

Y así pasa. Una hora después, empiezan a aparecer las terrazas, los templos y el árbol solitario en la explanada principal. Machu Picchu se deja ver.

 

Cuando siento que ya guardé todo lo que podía en los ojos, empiezo a bajar.

 

Para la cosmovisión andina, llegar por Inti Punku tiene un sentido cósmico: es el encuentro entre el caminante y el Inti, el sol; entre lo humano y lo sagrado.

 

Estoy muy emocionado. Estoy a un paso de entrar a Machu Picchu.