Llegué a Cusco, Perú, para aclimatarme y cumplir un sueño largamente esperado: hacer el Camino del Inca.

El Camino del Inca forma parte del antiguo Qhapaq Ñan, la enorme red de caminos que unía el Imperio Inca desde Colombia hasta el norte de Argentina. El tramo más conocido es el que conecta el Valle Sagrado con Machu Picchu.

Voy caminando por las calles adoquinadas de Cusco. La había visto mil veces en fotos, pero estar acá, respirarla y sentir su energía es otra cosa.

En quechua, Qosqo significa "ombligo". Para los incas era el centro del mundo andino, el punto donde todo se conectaba. Su origen se remonta al siglo XIII y, bajo el mando de Pachacútec en el siglo XV, se convirtió en la capital del Tawantinsuyo, el gran imperio inca.

Dicen que la traza urbana de Cusco fue diseñada con la forma de un puma, uno de los tres animales sagrados para los incas. La cabeza sería la fortaleza de Sacsayhuamán, al norte. El cuerpo, el propio centro urbano. Y los ríos Tullumayo y Huatanay marcarían las patas y la cola.

Pero no todos los arqueólogos están de acuerdo. Algunos creen que se trata más bien de una lectura poética.

Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, gran parte de su arquitectura fue transformada en iglesias y palacios coloniales, dando lugar a un mestizaje único que aún hoy convive en sus calles.

Me estoy quedando en el Hostel Pariwana, a unas cuadras de la Plaza de Armas.

Los primeros dos días los dedico a caminar sin demasiado rumbo, entrando en librerías, recorriendo los mercados y el Qoricancha, el Templo del Sol, el más importante del Imperio Inca.

El Qoricancha combina la grandeza de la arquitectura inca con la colonial —o de los "inca-paces", como los llama Cusi, nuestro guía.

Cusi nos pide imaginar cómo, hace siglos, todo estaba cubierto de láminas de oro y piedras preciosas. Se dice que al amanecer, cuando el sol tocaba sus muros, el templo entero parecía encenderse.

Tras el saqueo español, sobre sus muros se levantó el Convento de Santo Domingo. No fue casualidad: apropiarse de un lugar sagrado era también un acto de poder.

Durante el gran terremoto de 1950, muchas paredes coloniales se derrumbaron, dejando al descubierto los muros incas que, intactos, revelaban la precisión de su ingeniería. Bloques de varias toneladas, encajados con exactitud, sin uniones entre ellos, al punto de que ni una hoja de papel cabe entre las piedras. Asombroso.

El secreto estaba en el diseño: los muros se construían con una ligera inclinación hacia adentro y una base más ancha que la parte superior. Las esquinas trapezoidales y redondeadas permitían que, durante un sismo, los bloques "bailen" entre sí sin llegar a quebrarse.

El Qoricancha es un ejemplo de cómo el arte inca no solo fue monumental, sino también sorprendentemente avanzado desde el punto de vista constructivo, con soluciones antisísmicas sofisticadas que han resistido tanto el paso de los siglos como las expresiones de la Pacha.

A la salida, en un puesto callejero, pruebo un jugo de chirimoya. La chirimoya, conocida también como la "fruta de los dioses", tiene una pulpa blanca, suave y aterciopelada, con un sabor que mezcla banana, piña y durazno: refrescante y dulce, perfecta para el mediodía.

Vuelvo al atardecer al hostel y me siento a charlar con Katherine Calmet, que trabaja en la barra del Pariwana y también es cantante. Me cuenta que esa noche habrá una fiesta en el hostel.

Estoy cansado, ceno y me voy a la cama. Pero la música y las risas atraviesan las paredes y no me dejan dormir.

Mejor me sumo a los festejos.

Las horas pasan rápido. Justo cuando creía que la fiesta interminable estaba terminando, sale un tour por los bares de San Blas y la Plaza de Armas. Cusco late con fuerza de noche. La lluvia vuelve brillantes las calles empedradas. Entre pisco y pisco, Kate nos lleva por un derrotero inolvidable.

No se duerme mucho en el ombligo del mundo: es un punto de encuentro internacional, una ciudad cosmopolita donde se cruzan viajeros de todas partes.

Por la mañana, un té de coca de desayuno, y vuelvo a una librería a buscar un libro que encontré ayer, de uno de los fotógrafos que más me inspiraron en este oficio: Martín Chambi. En la tapa aparece su icónica fotografía El Gigante de Paruro.

Guardo mi flamante tesoro en la mochila y sigo explorando Cusco.

De tanto andar tengo hambre todo el día. Salgo rumbeando hacia el Mercado de San Pedro. Me encantan estos mercados porque en ellos se respira la vida cotidiana: se escucha el quechua en las conversaciones, se ve a los cusqueños en sus compras diarias y se pueden probar sabores auténticos, sin el filtro turístico.

Camino entre pasillos atiborrados de frutas brillantes: papayas enormes, lúcumas doradas y chirimoyas.

Me acomodo en una barra. Enseguida, una mujer con una gran sonrisa me trae uno de mis platos preferidos: el ceviche.

El ceviche es todo un emblema de la gastronomía peruana. Fresco y ligero, se prepara con pescado crudo marinado en jugo de limón, mezclado con cebolla morada, ají, cilantro y maíz. El ácido del limón "cocina" el pescado, volviéndolo firme y opaco, como si hubiera pasado por el fuego, aunque nunca lo toque. El resultado es una explosión de sabores: la frescura del mar, la acidez punzante del limón y ese toque de picante que despierta los sentidos.

Al costado, un pequeño platito con cancha serrana, granos de maíz blanco tostados hasta quedar dorados y crocantes. Su textura crujiente contrasta con la suavidad del pescado, y su sabor tostado equilibra la acidez y el ají.

Para tomar, una chicha morada hecha con maíz morado, piña, canela y clavo. Es dulce, refrescante y contrasta muy bien con el ceviche.

Antes de terminar mi plato, un hombre se sienta al lado y pide tamales envueltos en hoja de maíz. Me dan ganas de pedir también.

Por la tarde sigo deambulando, en busca de imágenes y de alguna pista sobre un pasaje secreto. Se dice que bajo la ciudad existen túneles que conectarían antiguas construcciones y fortalezas.

Paso por la calle Hatun Rumiyoc —"Piedra Mayor", en quechua—, donde está la famosa Piedra de los 12 Ángulos, un enorme bloque de diorita verde tallado con una precisión que demuestra la maestría de los canteros incas.

A la noche comienza otra expedición por bares y discos.

Con las sombras largas de la mañana me subo al bus que sale de Cusco rumbo al Valle Sagrado.

La primera parada es en las ruinas de Sacsayhuamán, fortaleza que simboliza el poder espiritual y militar inca. Desde arriba, Cusco se abre como un tablero de tejados rojos, rodeado de montañas, con la Plaza de Armas en el centro.

No alcanzo a ver la forma del puma. La ciudad creció mucho los últimos 200 años.

El guía se llama Kuntur. Nos habla de la Chakana, la Cruz Andina. La palabra viene del quechua chaka (puente) y hanan (arriba, cielo): se traduce como "puente al cielo". Es uno de los símbolos más poderosos de la cosmovisión andina, y representa la unión entre el ser humano, la naturaleza y lo sagrado. Está presente en rituales y ceremonias, en el arte, la joyería y la arquitectura andina, y hasta en tatuajes.

El camino desciende hasta encontrarse con el río Vilcanota, una línea plateada que corta el paisaje. Este río sagrado fue esencial para los incas: irrigaba las terrazas agrícolas y marcaba la vida del valle.

En Pisac, las terrazas cuelgan como escaleras sobre la montaña. Hay olor a maíz tostado en el aire.

Es domingo, día de feria, y la plaza se llena de artesanos que llegan desde distintos lugares del valle. Más que un mercado turístico, es todavía un punto de encuentro: un espacio social y cultural que conserva su esencia. Caminamos entre ponchos, chullos, cerámicas y hierbas secas que prometen aliviar el mal de altura.

En Urubamba el valle se abre. Campos fértiles, montañas más suaves. Por fin nos sentamos a comer. Me muero de hambre.

Seguimos hacia Ollantaytambo y después Chinchero, pueblo de tejedores que todavía tiñen la lana con pigmentos naturales frente a sus casas, como hace siglos.

El Valle Sagrado se estira entre picos nevados, terrazas, chacras de maíz y pequeños pueblos. Intento capturar algo de esa magia con la cámara.

Llegamos de noche a Cusco.

La aventura va muy bien. El único problema es que el cajero automático no me entrega ni un sol. Me dicen que tengo que comunicarme con el banco emisor de la tarjeta, algo que ya intenté varias veces por teléfono sin ningún resultado. Solo me queda lo que llevo en un bolsillo.

Mañana comienza el Camino del Inca a Machu Picchu.

Como en cada aventura, armé una playlist. Esta se llama "Machu Picchu 2010".

En el bolsillo, además de los últimos soles, llevo un reproductor de MP3 Sony con unas 300 canciones. Para alguien que creció con el walkman y pasaba cada día un buen rato rebobinando la cinta del casete con una lapicera para no gastar pilas, llevar 300 temas en un dispositivo del tamaño de un encendedor es magia pura.

Entre esas canciones hay una que siempre me hace viajar antes del viaje: una versión de El Cóndor Pasa, de Jaime Torres.

El cóndor, en la cosmovisión andina, simboliza el Hanan Pacha —el mundo de arriba—, la libertad, la trascendencia espiritual y el vínculo entre lo humano y lo divino.

La melodía fue compuesta en 1913 por el peruano Daniel Alomía Robles como parte de una zarzuela homónima que mostraba las costumbres y tradiciones de los Andes peruanos. Inspirada en la música andina tradicional, con instrumentos como la zampoña y el charango, con el tiempo se convirtió en un himno, reinterpretado cientos de veces.

La versión que llevo en la playlist es la que Jaime Torres grabó en su disco Electroplano, de 2007, donde fusiona la música ancestral andina con beats electrónicos modernos. Con el charango como protagonista, Torres crea una atmósfera contemplativa, mientras Alejandro Seoane suma texturas electrónicas que le dan un aire chill.

Jaime Torres (1938–2018) fue uno de los músicos argentinos más importantes y reconocidos en el mundo. Nació en San Miguel de Tucumán, en una familia de raíces bolivianas, y desde chico estuvo rodeado de música del altiplano. A los diez años, su padre le regaló un charango, y desde entonces nunca lo dejó.

Llevó este instrumento a escenarios donde antes jamás se había escuchado: desde teatros populares hasta salas sinfónicas alrededor del mundo.

Su interpretación de El Cóndor Pasa en Electroplano influye en la manera en que siento y me conecto con el paisaje.

Ahora estoy a punto de empezar la travesía de cuatro días hacia la montaña vieja. Espero que en el camino me ayude a capturar lo que se siente al estar acá, rodeado de tanta grandiosidad y belleza.

 

Nota sobre Martín Chambi

Nació en 1891 en Coaza, Puno, y murió en Cusco en 1973.

Su camino en la fotografía comenzó en Arequipa, como asistente en el estudio de Maximiliano Telésforo Vargas, pionero de la fotografía artística en el Perú.

En 1920 abrió su propio estudio en Cusco y desde entonces retrató la vida en los Andes. A diferencia de los fotógrafos extranjeros, Chambi retrató al pueblo andino desde adentro, con respeto y orgullo, rompiendo estereotipos coloniales. En cada imagen supo revelar la dignidad y la grandeza de la cultura andina.

Documentó paisajes, fiestas, retratos y escenas cotidianas de los Andes, y también fotografió Machu Picchu décadas antes de que se convirtiera en el destino turístico que conocemos hoy.

En 1979, seis años después de su muerte, el MoMA de Nueva York le dedicó una gran retrospectiva.