El Cerro Tronador es famoso porque protege en sus laderas a siete glaciares, visibles desde lejos cuando el cielo se abre y el aire está limpio.

Se llama así por el sonido profundo y lejano que se escucha cuando enormes bloques de hielo se desprenden de sus glaciares: un estruendo seco y potente que viaja por el valle como un trueno.

El Tronador se recorta con fuerza en la cordillera patagónica, siempre en movimiento. Ubicado en el límite entre Argentina y Chile, se eleva casi 3.500 metros y es el punto más alto del Parque Nacional Nahuel Huapi. No es una sola cumbre, sino un macizo con varias cimas: el Tronador Internacional, el Argentino y el Chileno, tres nombres para una misma montaña.

Con esa inmensidad delante, avanzo por un camino de ripio flanqueado por lupinos en flor.

Me dirijo al Ventisquero Negro, desde donde intentaré capturar en una imagen tanta belleza.

En el trayecto hago una parada para retratar el lago Mascardi y el río Manso, uno de los más hermosos de la Patagonia.

En Pampa Linda, el valle se abre en una planicie verde y luminosa. Todo es horizontal, hasta que el Tronador irrumpe de golpe, vertical, desbordando la vista.

Más adelante dejo la camioneta para iniciar un trekking corto hacia el Saltillo de las Nalcas. El sendero serpentea por un bosque denso, típico del entorno andino-patagónico. A cada paso, el sonido del agua crece, hasta guiarme hacia un pequeño salto.

El lugar toma su nombre de las nalcas, plantas nativas de hojas desmesuradas que brotan alrededor del agua. Crecen pegadas a la roca, alimentadas por la humedad constante que el salto suspende en el aire.

El Saltillo no es un gran salto, sino un pequeño arroyo que se suelta de golpe entre rocas volcánicas, tallando un gesto elegante en el paisaje. El entorno es íntimo, cerrado, de un verde vibrante. No impresiona por su tamaño, sino por esa sensación inmediata de estar metido en la naturaleza.

De vuelta en la camioneta, me sacudo el barro de los borcegos para seguir la marcha hacia la última parada: el Ventisquero Negro.

El camino, por momentos angosto y sinuoso, es de una belleza difícil de ignorar.

El Ventisquero Negro es uno de los glaciares más singulares de la Patagonia. Se llama ventisquero a las acumulaciones permanentes de nieve y hielo que sobreviven al verano y se transforman lentamente en glaciar.

Pero este tiene una particularidad: no es blanco ni azul. Su superficie es oscura, casi negra.

El hielo arrastra rocas y sedimentos de las laderas del Tronador y avanza cubierto de morrena. Por eso parece tener dos naturalezas al mismo tiempo: hielo por dentro y montaña por fuera.

Un cuerpo oscuro que le da al Tronador uno de sus paisajes más extraños.

Preparo mi cámara frente a la laguna de témpanos oscuros. El gigante deja caer un bloque de hielo y el estruendo rompe el silencio del valle.

El entusiasmo inicial de haber llegado al lugar se diluye rápido.

Apenas unos minutos alcanzan para que la emoción cambie de textura.

Desde el mirador, me detengo a mirar.

El ventisquero ya no está donde lo recordaba.

En apenas veinte años, el frente del glaciar retrocedió de manera brutal. Está cada vez más lejos, dejando una ausencia difícil de ignorar.

Ese retroceso no es un fenómeno aislado. Forma parte de los cambios que están afectando a los glaciares de los Andes y de otras regiones del planeta. El aumento de las temperaturas, la menor acumulación de nieve y los períodos de deshielo más prolongados están alterando el delicado equilibrio que permite que un glaciar permanezca.

Acá, el tiempo no se mide solamente en años. También se mide en capas de hielo que desaparecen.

Me encuentro con Jorge, un guardaparques que está muy cerca de jubilarse. Me cuenta que conoce desde hace décadas los glaciares del Tronador y que el retroceso del Ventisquero Negro y de sus hermanos de montaña se volvió cada vez más evidente.

Lo escucho mientras miro el hielo.

Pienso que hay lugares donde el cambio climático deja de ser una cifra y se convierte en algo que podemos ver.

Cuando empecé a estudiar fotografía, en los años 90, hubo un nombre que apareció temprano y se quedó para siempre: Ansel Adams.

Sus fotografías de Yosemite no solo mostraban belleza. También ayudaron a despertar conciencia sobre la necesidad de proteger esos paisajes.

Adams entendió que una fotografía podía hacer algo más que registrar un lugar: podía conseguir que alguien lo mirara de otra manera.

Con semejante legado, no es difícil soñar con hacer unas cuantas imágenes capaces de sensibilizar a quien las mire.

Disparo repetidas veces. Cambio la profundidad de campo, la velocidad, el encuadre. Busco capturar algo que no puedo ver, pero estoy sintiendo.

Cuando creo que ya tengo suficientes, guardo la cámara.

Me siento.

Cierro los ojos.

Solo para escucharlo.

Mientras regreso, no puedo dejar de pensar en la Ley de Glaciares.

La Ley 26.639 fue sancionada en 2010 para proteger los glaciares y el ambiente periglacial, entendiendo que no son solamente paisajes extraordinarios, sino también reservas fundamentales de agua dulce.

La ley establece límites claros para las actividades que puedan dañarlos o contaminarlos.

Me parece difícil discutir algo tan básico.

Si se contamina el agua, nada más sirve.

No hay industria, proyecto ni promesa de progreso que valga más que eso.

La Ley de Glaciares debería encontrarnos a todos del mismo lado, más allá de las banderas políticas, porque no protege una ideología.

Protege algo de lo que no podemos prescindir.

Salgo del ripio y tomo la Ruta 40 rumbo a Bariloche.

El viaje se vuelve silencio.