En lo más profundo de la selva habita Arútam, un espíritu poderoso que concede fuerza, sabiduría y protección a quien logra encontrarlo. Pero Arútam no se deja ver con facilidad. Solo se revela a quienes tienen el coraje de buscarlo, de adentrarse en lo desconocido con el corazón abierto.

 

Cuando un joven shuar siente que ha llegado el momento de convertirse en guerrero o de asumir su destino, se interna solo en la Amazonía. Ayuna durante días, bebe natem —ayahuasca— para abrir su visión y se sumerge en las aguas heladas de las cascadas. Su propósito es claro: entrar en contacto con el espíritu de la selva, escuchar su voz, recibir su mensaje.

 

Arútam puede manifestarse de muchas formas: como un jaguar que acecha en silencio, un rayo que abre el cielo, una cascada que canta o una figura humana hecha de luz. Si el joven logra mantener la calma y no huye del miedo, Arútam se le acerca y le entrega su energía vital. Desde ese instante, el buscador recibe una visión de su destino y una fuerza que lo acompañará en su camino.

 

Pero ese poder puede desvanecerse. Por eso, los guerreros shuar emprenden la búsqueda de Arútam varias veces a lo largo de su existencia.



La ceremonia de la ayahuasca no es una simple tradición: es el corazón espiritual del pueblo shuar, el latido que une su fuerza, su sabiduría y su identidad. Para ellos, la selva no es solo un paisaje. Es una red viva de conciencia que respira, escucha y enseña.

 

Un ser sagrado.

 

La ayahuasca —una decocción de la liana Banisteriopsis caapi y las hojas de chacruna— es el puente hacia esa conciencia. La puerta que abre el diálogo con el espíritu mismo de la selva.

 

En tiempos antiguos, cuando los shuar resistían al Imperio Inca y luego a los conquistadores españoles, esta ceremonia era más que un ritual. Era un acto de supervivencia. Los guerreros y chamanes (uwishin) bebían la ayahuasca para ver. En esas visiones viajaban con el espíritu, observaban al enemigo y descubrían sus debilidades.

 

La victoria en el mundo físico comenzaba en el mundo invisible.

 

Beber ayahuasca forjaba la fortaleza interior necesaria para resistir. Era una experiencia intensa, a veces aterradora: enfrentar los miedos, purgar el cuerpo y el alma, morir simbólicamente para renacer más fuerte. Ese proceso templaba el espíritu del guerrero, preparándolo para soportar el hambre, la soledad y el horror.



La tercera noche, con la luna llena sobre nosotros, nos reunimos de nuevo alrededor del fuego. La ceremonia comenzaba. El humo subía lento, mezclándose con la neblina.

 

Tsama llenó el cuenco de madera con la ayahuasca y me lo ofreció. Su sabor era amargo y terroso.

 

Yo no había llegado hasta lo más profundo de la Amazonía persiguiendo una experiencia exótica. Mi propósito, como el de los jóvenes guerreros shuar, era mucho más íntimo y urgente.

 

Buscaba encontrar una visión. Esperaba escuchar, aunque fuera por un instante, la voz misma de la selva.

 

La noche era espesa y cargada de vida. Un coro incesante de insectos, chillidos agudos y aleteos latía en un solo pulso salvaje.

 

Los minutos se hicieron largos. Todo seguía exactamente igual.



Entonces, el cielo se rasgó.

 

El viaje comenzó.



Las visiones llegaron

como un torrente.

 

Raíces que se enredaban

y me arrastraban

hacia el interior de la tierra.

 

Ríos que brillaban

como serpientes de luz

antes de apagarse.

 

Peces aleteando

fuera del agua.

 

Flores que se marchitaban

liberando un perfume

pestilente.

 

Abejas fabricando

una miel negra

y espesa.

 

El cuerpo se me retorció. Y en medio de ese torbellino, una semilla se plantó.

 

Con los días fue germinando una certeza.

 

Contar para que no se olvide.

 

Crear para ayudar a que la selva siga teniendo voz.