







Los Shuar son un pueblo indígena amazónico que habita en el sureste de Ecuador y en una pequeña parte del norte de Perú.
Shuar significa "gente".
La selva es su hogar, su farmacia, su alimento y el centro de una cosmovisión que entiende la naturaleza como algo inseparable de la vida.
A lo largo de los siglos, han conservado su lengua y sus costumbres ancestrales, viviendo entre ríos, montañas y bosques.
Son conocidos por su espíritu libre y su esencia indomable. Fueron uno de los pocos pueblos que nunca fueron sometidos por el Imperio Inca. Más tarde resistieron la llegada de los conquistadores españoles, que los llamaron jívaros, que en quechua significa "salvajes".
Esa resistencia, sumada a prácticas rituales como la reducción de cabezas —las tsantsas—, construyó alrededor de ellos una fama de guerreros temibles.
En 2014 llegué a la Amazonía con un propósito claro: vivir unos días con los Shuar, participar en la ceremonia de Ayahuasca y fotografiar ese mundo que siempre había imaginado.
La palabra "Amazonas" me había cautivado desde chico. Sonaba a misterio, a humedad, a vida salvaje.
Viajábamos con Flor, Aldana y Fito.
Después de varios días caminando selva adentro, entre lluvias y mosquitos, llegamos a la comunidad Tawasap, dirigida por el líder Shuar Tsama Tsamarenda.
Allí supimos que tawasap es el nombre de la corona de plumas que utilizan algunos hombres de alto rango —guerreros, sabios o curanderos—. La que llevaba Tsama, de colores negro, rojo y amarillo, destacaba sobre su cabeza.
Tsama hablaba con calma. Le contamos por qué estábamos allí, tan lejos de casa. En mi mochila llevaba algunas fotos pequeñas, de 7 x 10 centímetros, para mostrarle mi trabajo.
Las miró con atención, sonrió y nos invitó a quedarnos en su casa.
Nos explicó que antes de la ceremonia de Ayahuasca, durante la próxima luna llena —que llegaría en tres noches—, haríamos un ayuno de purificación. Durante esos días solo beberíamos infusiones preparadas con hojas, raíces y cortezas de la selva.
Con cada sorbo la selva entrará en cada uno.
Fue en la primera noche, junto al fogón, cuando Tsama comenzó a contarnos la historia de su pueblo.
Nos contó cómo unos pocos guerreros Shuar habían logrado resistir al gran ejército español que llegó a la Amazonía en busca del llamado "País de la Canela".
A mediados del siglo XVI, aquellos rumores habían encendido la imaginación de los conquistadores. Decían que, más allá de las montañas, existía un territorio donde la canela crecía en abundancia y donde el aire olía a oro.
Atraídos por ese espejismo, los hombres del acero y la cruz en sus banderas se internaron en la Amazonía, dejando atrás el mundo que conocían.
Los Shuar los observaban invisibles desde la espesura.
El sol ardía sobre sus armaduras, el barro se tragaba sus pesadas botas, y la selva —densa, húmeda, viva— los envolvía.
Cuando los Shuar comprendieron que los recién llegados venían a ocupar sus tierras, dejaron que avanzaran cada vez más hacia el interior, hacia un punto sin retorno.
Los españoles fundaron un asentamiento al que llamaron Logroño de los Caballeros.
[SIN SANGRÍA — frase aislada] El nombre sonaba a victoria.
Una vez asentados, para los barbudos comenzó la pesadilla.
Más pronto que tarde, experimentaron un castigo infame.
Los Shuar, conocedores de los secretos medicinales y venenosos de la selva, envenenaron las aguas río arriba. Utilizaron potentes extractos de lianas y cortezas —irritantes, purgantes— que provocaban diarreas, vómitos, fiebres y espasmos incontrolables.
La desesperación por calmar la sed los empujaba a beber más de esas mismas aguas, atrapados en un círculo de agonía y deshidratación que consumía su cuerpo y quebraba su espíritu conquistador.
Por la noche, mientras los hombres blancos, ya debilitados, luchaban por descansar, los tambores retumbaban en la negrura. Golpes profundos, persistentes, rítmicos, imposibles de ignorar. Esa percusión incesante les robaba el sueño, desgarraba sus nervios.
A la vez, pequeños grupos se deslizaban entre la maleza hasta acercarse lo suficiente al campamento, con sus cerbatanas listas. Por sus cañas volaban finos dardos, cuyas puntas estaban untadas con tsentsak, el veneno de una liana. Al clavarse en la carne, no provocaba dolor, sino que robaba lentamente la fuerza del cuerpo, hasta provocar una parálisis y una muerte lenta y silenciosa, sin alterar la calma de la selva.
Cada amanecer, el campamento español despertaba con una escena aterradora: varios de sus hombres aparecían rígidos, con una expresión desesperada en los ojos.
El terror se había instalado entre ellos.
No había sido una gran batalla. Había sido una resistencia paciente, aprovechando el territorio y el conocimiento de la selva.
—Entonces —concluyó Tsama, mirando el fuego— permitimos que unos pocos abandonaran la selva. Para que contaran lo que había pasado y no volvieran jamás.
La segunda noche nos habló de su cultura.
De la libertad como algo que no se negocia. De la honestidad como una forma de respeto. De la importancia de cumplir con la palabra dada.
] —Cumplir lo dicho es respeto; romperlo, una herida al espíritu.
También habló de los ancestros.
—Los abuelos, los bisabuelos... no se fueron. Su memoria es nuestra guía.
Para los Shuar, el mundo no terminaba en aquello que podíamos ver. Los sueños, los rituales y la sabiduría de sus chamanes formaban parte de una realidad mucho más amplia.
En un momento nos miró y habló de algo que iba más allá de su pueblo.
Dijo que los pueblos indígenas de distintas partes del mundo estaban empezando a organizarse para defender sus territorios.
No para conquistar.
Para resistir.
Para proteger la tierra frente a la minería, la deforestación y una idea de progreso que muchas veces llega acompañada de máquinas y destrucción.
Mañana hay luna llena.
Y también sería nuestra primera noche de Ayahuasca.


