Papá nos llevaba a los tres a la ruta. Había toda una ceremonia: hasta nos teníamos que bañar antes de salir.

 

Primero fue un Jeep Gladiator, después una Coupé Torino, más tarde un Falcon 221 Sprint y una Chevrolet Brava de 1972, color dorada. Todavía recuerdo el sonido del caño de escape.

 

De esos viajes de la infancia quedó una pasión que con mis hermanos seguimos llevando encima.

 

A los 15 años, de la biblioteca de la casa de la abuela Rita, rescaté un libro: On the Road, de Jack Kerouac.

 

La novela habla de libertad, búsqueda y movimiento. Fue escrita en 1951, en un famoso rollo de papel continuo, y publicada en 1957.

 

Cuenta los viajes de dos amigos que cruzan Estados Unidos una y otra vez en autos prestados, colectivos, trenes o haciendo dedo. Pero, en realidad, no buscan llegar a ningún lugar. Buscan experiencias, libertad, conexión humana, velocidad, música, poesía. Buscan algo que ni siquiera saben nombrar.

 

El libro habla del viaje como una forma de vida.

 

No es turismo ni aventura. Es moverse para sentir, para pensar distinto, para romper la comodidad. El camino como identidad.

 

Kerouac escribió con una prosa espontánea, veloz, con una cadencia parecida al jazz. Para no interrumpir ese ritmo, unió hojas de papel hasta formar un rollo de casi cuarenta metros y escribió allí de corrido, sin detenerse a cambiar de hoja.

 

La escritura tenía así el mismo pulso que la ruta: avanzar, seguir, no frenar.

 

Cuando empecé a hacer fotos, en los años 90, la ruta se volvió un personaje más de mis imágenes.

 

Después descubrí que era un territorio muy andado. Los caminos habían sido explorados por fotógrafos de todo el mundo, y especialmente por una generación de fotógrafos norteamericanos que encontraron en la ruta una manera de mirar su país.

 

The Americans, de Robert Frank, fue uno de los libros que más me marcó. Frank, un fotógrafo suizo, recorrió Estados Unidos en auto entre 1955 y 1956, con una cámara en el asiento de al lado.

 

Fotografió estaciones de servicio, autos detenidos, moteles, carteles, pueblos perdidos y autopistas. No buscaba la belleza de las postales, sino algo más incierto: la vida que aparecía al borde del camino.

 

Después vendrían William Eggleston, Stephen Shore y muchos otros. La carretera se convirtió en un territorio fotográfico: una línea que atraviesa el paisaje y, al mismo tiempo, una forma de hablar del tiempo, de la soledad y del movimiento.

 

¿Qué tiene la ruta que enamora tanto a quien hace fotos?

 

Tal vez sus líneas de fuga, las banquinas, los postes, las marcas del asfalto, la luz que cambia a cada momento. O esa mezcla extraña entre lo humano y lo natural: una línea hecha por el hombre atravesando un paisaje enorme.

 

Ahora, cada vez que salgo a la ruta, voy mirando dónde puede aparecer una imagen que capture esa sensación de estar en camino.

 

Tengo muchas fotos de rutas, pero hay una en especial, tomada en el norte argentino, que vuelvo a mirar más que las demás: un paisaje austero, con la ruta resquebrajada perdiéndose en el horizonte.

 

Cada vez que la miro vuelvo a los días de la adolescencia, leyendo On the Road bajo la parra de uva en la casa de los abuelos, soñando con recorrer rutas a toda velocidad en un Dodge Charger.