En los años 90, en Rauch, había un ciclo de televisión llamado Alfred Hitchcock presenta.

El programa mostraba al célebre director frente a cámara, presentando sus propias películas, con ese tono inconfundible entre el humor y el misterio.

 

Una de esas películas me quedó grabada en la memoria: La ventana indiscreta (Rear Window, 1954).

El protagonista es Jeff, un fotógrafo profesional que, después de un accidente, queda confinado a una silla de ruedas en su departamento de Nueva York. Sin poder salir, pasa los días observando a sus vecinos desde la ventana.

 

Lo que empieza como una forma de matar el tiempo se convierte en una obsesión cuando cree descubrir que uno de ellos ha cometido un asesinato.

 

La película es, en el fondo, una historia sobre mirar: sobre la curiosidad, la fascinación y esa extraña posibilidad de observar el mundo sin ser visto.

 

A mí me despertó un deseo: vivir frente a un gran paisaje, uno que cambiara con las estaciones y el clima.

 

Pasaron los años y volví a encontrarme con la película. Pero esta vez yo ya era fotógrafo.

El sueño volvió a encenderse —y ya nunca se apagó—: vivir frente a un paisaje que cambiara todos los días.

 

La posibilidad se hizo realidad en 2015, cuando con Flor alquilamos un departamento en Boulevard Marítimo y Alvear, justo frente al Torreón del Monje.

Estaba en el octavo piso, el último del edificio Maral 20. Vivimos allí durante diez años, en el 8G.

 

Desde el balcón se desplegaba una vista abierta al mar y a toda la bahía de Playa Bristol: el Hotel Provincial, el Casino Central, los lobos marinos, el muelle de pescadores y las playas de La Perla.

En las noches despejadas se podían ver las luces de Santa Clara del Mar.

El paisaje era mitad natural, mitad urbano: el mar y la ciudad conviviendo en una postal típica de Mar del Plata.

 

Entre ambos mundos había mucho para fotografiar: los cuerpos sobre la arena, las sombrillas, los autos que avanzaban por el boulevard.

Era un paisaje vivo que cambiaba a cada hora.

El amanecer encendiendo de a poco el edificio de Bustillo. La gente llegando a la playa con sus sombrillas de colores. Las tormentas que venían desde el oeste —sobre todo en verano— y borraban de pronto el color del día.

Las noches lluviosas reflejando las luces sobre el asfalto. Las ráfagas golpeando el lente de la cámara. El sonido del viento mezclado con el del mar.

 

Cada día ofrecía algo distinto, una escena nueva en ese enorme escenario.

El paisaje nunca se repetía.

Siempre que tuviera ganas, había una foto nueva por hacer.

La gran diferencia con Jeff era que él observaba por aburrimiento y sospecha, confinado a su ventana.

Yo miraba por encantamiento.

 

Hasta que llegó el 20 de marzo de 2020.

Entonces yo también quedé encerrado.

Ese otoño, el COVID-19 detuvo el mundo que conocíamos.

Con la cámara buscaba una forma de pasar los días, de bajar la ansiedad y la tensión.

 

Las noticias eran duras: ciudades desiertas, hospitales desbordados, cuerpos en las calles de otros países. El miedo se mezclaba con la incertidumbre y todo adquiría una densidad nueva, casi irreal.

El mar seguía moviéndose.

Las olas venían y se iban.

Hacer fotos desde el balcón fue mi manera de buscar sentido. Eran imágenes llenas de vacío. De noche, las luces del boulevard seguían encendiéndose.

 

Mientras tanto, de este lado del balcón, la vida se expresaba con fuerza. Tres días antes, el 17 de marzo, a las 19:34, había nacido Manuel Larralde, nuestro segundo hijo.