

Como todos los martes, voy pedaleando con Manu a taekwondo. Le encanta. Ya tiene cinturón con doble línea amarilla y en una semana rinde el examen para pasar al cinturón camuflado. Todo un logro. Se le enciende la sonrisa cada vez que dice que es taekwondista.
Va sentado en su sillita, sobre la rueda de atrás de mi bici. Tiene cinco años y una curiosidad que no descansa.
Una tarde, de regreso de la clase, mientras subíamos la loma de Punta Iglesias, en Mar del Plata, el viento soplaba con fuerza. Venía del sur hacia el norte, de frente. Yo apenas podía respirar. Entonces, desde su asiento, Manu me preguntó:
—¿Papá, cómo se hace el viento?
Sin aliento y sin parar de pedalear, le respondí lo primero que apareció en mi cabeza:
—Es un gigante que sopla desde el mar.
—Ah, claro —dijo Manu.
Y siguió mirando el horizonte.
La verdad es más simple, y a la vez más compleja, que cualquier gigante soplando.
El viento nace cuando el Sol calienta la Tierra de manera desigual.
El aire caliente se eleva, el aire frío baja y, en ese intento de equilibrarse, el aire empieza a moverse.
Ese movimiento invisible es el viento.
La rotación del planeta, el relieve, la cercanía del mar y las montañas lo moldean y le dan carácter.
En algunos lugares sopla despacio; en otros, se vuelve constante y poderoso, da forma al paisaje y también al temple de quienes lo habitan.
Ahora mismo estoy en Bariloche, en la playa El Viento, a la orilla del lago Moreno.
El lago Moreno, dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi, es de origen glaciario, formado por el avance y retroceso de los hielos que modelaron esta región.
Pero acá el paisaje nunca parece quedarse quieto.
En la Patagonia predominan los vientos del oeste, que llegan desde el Pacífico. Al encontrarse con la cordillera de los Andes, el relieve los desvía, los acelera y los fragmenta.
El lago Moreno queda en una de esas rutas naturales. Sus costas abiertas permiten que el viento avance sobre el agua sin demasiados obstáculos.
Acá, el viento corre sonoro.
Sopla con fuerza porque el paisaje le deja el camino libre.
Las montañas lo empujan,
el agua lo enfría,
el sol lo despierta
y el valle lo acelera.
No aparece de golpe; llega, se instala y se queda.
Por eso existe en su orilla la llamada Playa El Viento.
Es verano, pero el viento me obliga a cerrar el cuello de la campera, a encorvar apenas el cuerpo, a avanzar con la cabeza baja y los ojos entrecerrados.
Vine hasta acá buscando capturarlo en imágenes, sabiendo desde el inicio que es imposible. El viento no se deja atrapar. No tiene forma, no se queda quieto. Apenas se revela en lo que toca:
una ola que se levanta,
un árbol que se inclina,
una nube que se estira,
la piel que se tensa.
Después de una semana ventosa vuelvo a casa cargado de imágenes de movimientos, de paisajes transformados, de silencios interrumpidos por ráfagas.
Con la piel de la cara agrietada, los labios secos y los ojos acostumbrados a mirar a contraviento.