Pese a que Buenos Aires es una provincia mayormente llana, las sierras de Ventania irrumpen en ese horizonte plano. Se recortan como una rareza geológica: antiguas, ásperas, modeladas por millones de años de erosión. El nombre del sistema nació de una abertura natural —una oquedad de unos ocho por cinco metros— cercana a una cima. Aquella “ventana” sorprendió a los primeros expedicionarios; pronto se convirtió en referencia y, con el tiempo, el nombre dejó de señalar solo un cerro y pasó a nombrar toda la cadena: la Sierra de la Ventana.

 

Mucho antes, estos cerros ya eran refugio y territorio sagrado para los primeros pobladores, que veían en las alturas un lugar habitado por fuerzas y espíritus.

 

El Sistema de Ventania se formó hace unos quinientos millones de años y conserva rocas del Paleozoico, más antiguas que los Andes. Formaba parte de las montañas de Gondwana, hoy reducidas a sierras bajas por millones de años de viento, agua y sol.

 

A diferencia de los Andes, Ventania es un sistema fósil: ya no crece.

 

Es sábado. Inicio la caminata hacia la cima del Cerro Tres Picos desde la Estancia Funke.

 

La cumbre está a 1234 metros sobre el nivel del mar.

 

Como una docena de cuadras, pero en vertical.

 

Es otoño y el sol de la mañana envuelve los pastizales en una luz ámbar. El aire se llena de olor a hierbas. Está fresco; el viento frío es mejor compañero que el calor.

 

La caminata no es técnica, pero sí exigente. Me esperan unas diez horas entre subida y bajada. El sendero arranca manso: el viento es apenas un soplido que pasa entre los cardos con un sonido seco.

 

Llevo una mochila liviana: agua, bananas, un sándwich y un chocolate para la cima. Uno relleno con licor de naranja de Mamusia, de San Martín de los Andes.

 

Como siempre, la cámara colgada al cuello. Disparo cuando el paisaje me llama, casi sin frenar para no perder el ritmo.

Desde acá se ven los tres morros que le dan nombre al cerro.

 

El camino se vuelve rocoso y aparece la niebla. La luz se aplana; las distancias se apagan.

 

Me gusta esta parte: la montaña va marcando el compás. Al principio hay entusiasmo y fotos. Más adelante, el cuerpo encuentra un ritmo y aparece un trance leve: atención plena, nada más. Escuchás la respiración, sentís la piel contra el viento.

 

Al encarar la cara sur, el viento se desata. Ya no es el silbido de la llanura: es un golpe lateral, constante.

 

Uno sabe que, cuando el viento cambia de humor, puede sacarte a bailar con las nubes.

 

La respiración se afina. La mente se vacía de todo lo que no sea el siguiente apoyo seguro para el pie.

 

La huella se endurece. La pendiente tira de las piernas.

 

Cambia el paisaje: quebradas de piedra gris, laderas que caen en silencio. Una llovizna fina y horizontal, barrida por el viento, me golpea la cara y la cámara. La tengo que guardar. Vieja amiga.

 

El frío cala.

 

La llovizna cesa. Un hueco de cielo se abre y un rayo de sol cae sobre la piedra, transformando el mundo gris en un ocre espeso.

 

Un respiro. Aprovecho para bajar la mochila, tomar agua y hacer algunas fotos.

 

Las nubes vuelven a cerrarse, más bajas, más densas.

 

Van ya cuatro horas de ascenso.

 

La última subida se vuelve muy empinada: se trepa agarrándose de las piedras, con las manos y, a veces, con los dientes también.

 

Unos minutos más y, por fin, estoy arriba. La cumbre está barrida por un vendaval que parece llegar de la prehistoria.

 

Hay una silla clavada en una base, a un metro y medio del suelo. Debe ser para selfies. Con este clima, no me parece una buena idea.

 

La vista es total: 360 grados de cielo en movimiento.

 

Al norte, la llanura infinita se pierde detrás de las nubes.

 

Al sur, los pliegues gastados de Ventania recortan un horizonte de plomo.

 

Busco un reparo y me siento. Es el momento del sándwich glorioso. Recupero fuerzas mirando el paisaje.

 

Ahora sí, el chocolate de Mamusia. Un premio pequeño y perfecto.

La cima no me conmueve tanto como el trayecto. 

Ahora el desafío es bajar sin lesiones. Las piernas ya protestan; la mochila empuja; hay piedras sueltas y tramos resbalosos. En la bajada ocurren la mayoría de los accidentes: la fatiga afloja la atención. Así que bajo con cuidado.

 

Después de diez horas vuelvo a la estancia Funke. Las piernas duelen; la sonrisa permanece.