



Durante el verano de 2026, la Patagonia argentina atravesó una de las peores temporadas de incendios forestales de las últimas décadas.
Más de 45.000 hectáreas de bosques, áreas protegidas y hogares fueron consumidas por el fuego en distintos puntos de la región, especialmente en Chubut, aunque también se registraron focos en La Pampa, Neuquén y Río Negro.
Las zonas más afectadas incluyeron el Parque Nacional Los Alerces y los alrededores de Puerto Patriada, Epuyén y El Hoyo, donde las llamas amenazaron viviendas y bosques nativos.
En localidades como Cholila, los incendios llegaron a rodear zonas pobladas y continuaron activos pese a los esfuerzos por contenerlos.
A finales de enero, el Gobierno nacional declaró por decreto la Emergencia Ígnea por el plazo de un año en Chubut, Río Negro, Neuquén y La Pampa.
Frente a la magnitud del desastre, la pregunta aparecía inevitable:
¿Cuáles fueron las causas?
¿Quiénes son los responsables?
Entre los sospechosos de siempre aparecen los intereses inmobiliarios. La legislación argentina establece restricciones durante décadas para modificar el uso del suelo en áreas afectadas por incendios, aunque esas protecciones han sido cuestionadas y amenazadas por distintos intentos de modificación o derogación.
La historia reciente muestra que los incendios forestales también pueden quedar ligados a procesos de especulación, falta de controles efectivos y presiones económicas sobre territorios de alto valor ambiental.
Pero no es tan simple.
Este verano coincidieron múltiples factores.
El invierno de 2025 pasó casi sin nieve. La primavera fue más calurosa y las sequías se extendieron en el tiempo. La tierra llegó al verano exhausta, quebrada, esperando apenas una chispa.
Desde diciembre, todos los indicadores advertían un riesgo extremo.
Cuando llegué a Bariloche me sorprendió descubrir que no se podía hacer un asado al aire libre. El fuego, incluso el más doméstico, estaba prohibido. Si un vecino veía humo saliendo de una parrilla, tenía la obligación de denunciar.
En Navidad y Año Nuevo no hubo excepciones: si no se contaba con un espacio habilitado, no había asado.
El humo, que en otros lugares es fiesta, aquí era señal de alarma.
Se temía incluso que un pedazo de vidrio —resto de una botella rota—, bajo el sol, actuara como una lupa y encendiera el pasto seco.
Las tormentas eléctricas tampoco eran algo habitual en esta parte de la región.
Hasta que un día el cielo se abrió.
Un rayo cayó sobre el monte seco y el fuego encontró su camino.
O un acampante que no apagó del todo las brasas.
O, como también se decía por esos días, foráneos que quieren nuestra agua.
O pirómanos.
O todo junto.
Se desató el infierno.
Una mañana caminando a la playa El Viento me encontré una calcomanía en una camioneta que dice:
"Sea patriota, arranque un pino".
No era un chiste.
El pino no es un árbol nativo de la Patagonia. Fue introducido principalmente para la forestación comercial, y favorece —y mucho— que el fuego se inicie y se propague.
La resina es inflamable,
Cuando caen, las agujas secas forman una capa continua sobre el suelo y las copas pueden facilitar que el fuego avance rápidamente de un árbol a otro.
Después del incendio, además, algunas especies de pino pueden regenerarse con rapidez y competir con la vegetación nativa.
La calco está buena.
Otra tarde, un grafiti en una pared lo dice sin vueltas:
"el pino ama la llama".
Claro que no es literal.
Pero le arma la autopista.
Andrés, un amigo, me cuenta que a los bosques de pino también los llaman del silencio, porque generan ambientes pobres en biodiversidad.
Las acículas acidifican el suelo, entra poca luz y crecen pocas plantas debajo.
Menos plantas implica menos insectos, menos aves, menos vida sonando.
El silencio no es poético.
Es una señal de desequilibrio.
Los bosques patagónicos nativos —coihues, lengas, cipreses, ñires— tienen otra estructura. Retienen humedad, crecen en distintas capas y forman comunidades mucho más diversas.
Son ruidosos.
Y no arden de la misma manera.
Y sigue: cuando un bosque nativo es reemplazado por plantaciones de especies exóticas, el comportamiento del fuego puede cambiar de escala. Con determinadas condiciones de sequedad, viento y acumulación de combustible, los incendios se vuelven más grandes, rápidos y difíciles de controlar.
Y ahí entran los brigadistas.
Los únicos héroes en este lío.
Pero incluso ellos llegan con lo justo.
O con un poco menos.
Organizaciones ambientales y expertos señalan que los recortes presupuestarios y el menor financiamiento destinado a la prevención y al combate de incendios han debilitado las capacidades de respuesta durante este verano.
Se nota en las herramientas gastadas, en los camiones que piden permiso para arrancar, en el cansancio que se acumula porque los relevos no alcanzan.
En los helicópteros hidrantes que no se escuchan entre paisajes.
Mientras tanto, en el frente se la juegan a cada paso.
En cada pendiente.
Atentos a cómo sopla el viento, siempre.
A si la herramienta alcanza.
A si la manguera llega.
A no cometer un error que cueste demasiado caro.
Se piensa en la compañera que está unos metros más arriba y en el compañero que abre línea más abajo.
Se piensa, sobre todo, en volver a casa.
Y se van sumando al frente brigadistas y bomberos de distintos rincones de la Argentina y también de Chile.
Desde Rauch partió en camioneta, el jueves 29 de enero, el oficial principal Oscar Vázquez, instructor de la Federación Bonaerense de Asociaciones de Bomberos Voluntarios.
Escuchó el llamado y salió hacia el sur para unirse a otros que, como él, habían decidido ir.
Estar en el frente es cargar con lo que se vio y también con lo que no se pudo hacer.
Es aprender a la fuerza.
Aprender rápido.
Es confiar en el equipo.
Entender que acá nadie es héroe en soledad.
Lo único que funciona es lo colectivo:
la línea que se abre entre varias manos,
el relevo que llega justo,
el grito que avisa,
el gesto mínimo que cuida.
Es tomar decisiones con el pulso acelerado.
Es aceptar que a veces se pierde más de lo que se gana.
Y, aun así, quedarse.
Un voluntario en el Parque Nacional Los Alerces en una entrevista dice:
"Si logramos salvar al menos un maitén, que quede en pie…"
Y me quedó resonando.
Porque no se trata de salvar el bosque entero.
No se puede.
No siempre.
Se trata de sostener lo que se pueda.
Un árbol.
Un cuadrado de verde.
Una casa.
Un animal.
Se trata de resistir el avance lo suficiente para que algo quede.
Para que mañana haya desde dónde volver a empezar.
Si queda un maitén en pie, es una hazaña.
Es un límite que el fuego no logró cruzar.
Una pausa.
Un borde.
Una pequeña victoria.
Mariano, otro amigo de la facultad que vive hace unos años en Bariloche me dice: “este no será el último incendio forestal en la Patagonia.
Como vecinos, tenemos que preguntarnos cómo nos anticipamos.
Esto está pasando.
Y va a seguir pasando.
No es ajeno.
No es excepcional.
No es lejano.
Abrir este debate también es prevención.
Escuchar, leer, compartir saberes, tejer comunidad.
Todo eso es cuidar el territorio.
Hay mucho por hacer.
Pensar los cortafuegos.
Mirar dónde y cómo levantamos las casas.
Asegurar agua que esté cuando haga falta.
Imaginar refugios, espacios seguros, lugares donde el fuego no encuentre qué llevarse.
Formación en las escuelas.
En los clubes.
En la plaza.
Se trata de aprender a convivir con el fuego sin entregarle el control.”
Para muchos, no es solo fuego en el bosque.
Es fuego que entra en la vida misma.
La casa ya no está.
El auto, que era herramienta y movimiento, se convirtió en chatarra.
Y Firulais —amigo, guardián, familia— se perdió en las llamas.
Todo lo que se piensa antes
es tiempo que se gana
cuando el fuego llega.
*Relato de Larralde Paisajes inspirado en un texto de Ana Escobar.