El viernes 26 de septiembre de 2025 papá cumplió 80 años.

Lo celebramos el sábado.

El domingo seguimos una tradición que une a cinco generaciones de Larralde: la pesca, a orillas del arroyo Chapaleufú.

A la mañana fuimos cerca del Puente Juan Silva.

A la tarde, por el Puente del 29.

El Chapaleufú nace en Tandil, donde varios arroyos serranos se juntan. Recorre campos, sierras bajas y pueblos hasta unirse con el Langueyú y, finalmente, aportar sus aguas al río Salado, el gran colector bonaerense.

Para los rauchenses, el Chapaleufú no es solo un arroyo. Es paisaje compartido, parte de la memoria de todos.

Su nombre, del mapudungún, significa “agua que suena al chapalear”, evocando el rumor del agua al golpear contra las piedras o al moverse en el cauce.

Es la vida de pueblo.

La calma.

Lo simple.

Lo nuestro.

En verano es donde se aprende a nadar, se acampa o se pasa la tarde bajo los sauces.

Algunos de mis recuerdos más vivos de infancia transcurren ahí, junto al abuelo Pancho, los tíos y los primos, entre cañas y parrilladas.

A mí, más que pescar, siempre me entusiasmó el folclore del asado: juntar la leña, prender el fuego, salar la carne y cocinarla despacito.

Recuerdo una vez, en la Estancia La Petrona: nadie había cargado la carne. Solo había pan. Éramos más de veinte. Todos se culpaban entre risas, pero yo sabía que Chacho tenía que haberla subido a la caja de la camioneta.

Otra imagen clara: una noche de invierno, papá tenía un buen pique —una carpa o una lisa, según él— y Chacho se acercó corriendo y gritando:

—¡Tío, tío, yo te ayudo!

…y swing, derechito al arroyo.

En el Chapaleufú la pesca no se mide por la cantidad de peces. Alcanza un dientudito, un bagre o una carpa: la excusa justa para pasar el rato, más que por la pesca en sí.

Ese domingo éramos doce cerca del Puente del 29.

No había pique.

Al rato me aburrí, agarré la cámara y me fui a hacer fotos. Papá vino conmigo.

Enseguida me dijo:

—¿Te acordás del boliche del 29?

Estaba ahí.

Pero la inundación de 2014 arruinó las paredes de barro y, poco tiempo después, terminó por derrumbarse.

Papá siguió:

En el 29, Argentino Luna escribió “El poncho no aparece”.

Una frase popular del folclore que repite en cualquier conversación, sin que importe demasiado el contexto:

“Son todos buenos paisanos, pero el poncho no aparece.”

La dice y después se ríe.

 

La canción:

 

Todos pidieron que cante

Y ahí nomás solté al camino

Una tropilla de trinos

Que marchaban pa’ delante

Como en esto soy constante

Y el canto en mi pecho crece

Dejé, como tantas veces

Mi poncho pampa a un costao’

Hoy la fiesta ha terminao’

Pero el poncho no aparece

 

Aquel que llevó ese abrigo

Sabiendo que no era el dueño

No se enterará ni en sueños

Que ese poncho era mi amigo

Él fue el único testigo

De mis dichas y reveses

El pensarlo me enternece

Pero con eso, ¿qué gano?

Son todos buenos paisanos

Pero el poncho no aparece

 

Fue justo en Semana Santa

Que alguien me hizo la gauchada

Si parece una humorada

Robarle un poncho al que canta

Mi suerte no ha de ser tanta

Fallar un poncho como ese

Me cobijó tantas veces

En noches de serenata

Por hallarlo oferté plata

Pero el poncho no aparece

 

Vieran qué pena que siento

Por perder mi poncho pampa

Y por aquel que con trampa

Me lastimó en un momento

Pero, paisanos, no miento

Si el que lo tiene dijese

Qué hago si el poncho aparece

Y me explica los porqué

Yo se lo regalaré

Pero el poncho no aparece.

 

Argentino Luna, 1973.

 

Papá me cuenta que malas lenguas en el pueblo dicen que alguien conocido se había llevado el poncho de Luna del 29 y nunca lo devolvió.

Le pregunté si era real o solo un mito.

—Mirá, yo lo escuché decir muchas veces en parrilladas —respondió, con esa naturalidad que hace que lo extraordinario parezca cotidiano.

Papá siempre me motivó a contar estas historias.

“A mí me gustan tus fotos, pero más me gusta cuando me contás lo que hay alrededor de ellas”, me decía.

Tenés que escribir sobre todo lo que en la foto no se ve.

Fue en un viaje a la Patagonia donde empecé a escribir. Descubrí que me atrapaba y quería seguir haciéndolo.

Hicimos unas pocas fotos de lo que queda del 29 y volvimos a fotografiar el Chapaleufú.

 

—Tenemos que investigar lo del poncho —le dije.

Se le iluminan los ojos cuando tiene una misión.

Esa misma noche empezamos la búsqueda para confirmar el mito.

Primero hablamos con Xoana Biondi, veterinaria y artista detrás del proyecto fotográfico Entre Criollos. Vivió en el 29, que era de su abuelo, hasta la inundación.

—¿En mi casa? —se sorprendió—. Me encanta la canción, pero nunca escuché que haya sido ahí.

Seguimos preguntando hasta llegar a Nino Barili, el historiador de Rauch.

A él tampoco le constaba que el episodio del poncho hubiera ocurrido en el 29.

Después hablamos con don Pedro Sarciat, referente de las tradiciones criollas. Criador de caballos, organizador de jineteadas y fiestas, lleva más de medio siglo manteniendo viva la cultura gaucha en la región.

Justo ahora está preparando la exposición itinerante Temporada Criolla, que se exhibirá durante la Fiesta del Día de la Tradición en la Casa de la Cultura de Rauch.

La muestra incluye recados, platería, sogas, vestimenta y, por supuesto, ponchos gauchos tradicionales.

Enseguida se puso manos a la obra.

Al rato nos mandó un mensaje:

“Recién hablé con gente amiga de Argentino Luna, de Madariaga, Ayacucho y Maipú. Me dicen que el poncho se lo llevó alguien durante una guitarreada en Balcarce. Un hombre del lugar se lo enfundó y después… no está del todo claro qué pasó. Lo que sí saben todos es que, al final, Luna decidió regalárselo.”

Ahora sí, teníamos una pista.

Ahí nomás le escribí a un amigo, Rodrigo, que había sido director de Cultura de Balcarce.

Él empezó a preguntar y, entre varios, lograron reconstruir la historia.

El poncho de Luna se lo llevó alguien en una guitarreada que se armó después de la fiesta A Lonja y Guitarra, que se hacía en el Cerro El Triunfo. Aquellas fiestas eran organizadas por Miguel Franco y Orlando Gargiulo.

Después del encuentro folklórico, la guitarreada siguió calentando la noche en un boliche cercano. La música y el vino corrían sin parar.

Argentino Luna se sacó el poncho, compañero de mil canciones y caminos, y lo dejó a un costado, como tantas veces.

Cuando clareó la mañana y la farra amainó, buscó el poncho.

Y el poncho no apareció.

Parece que alguien, con alguna copa de más, se lo llevó “prestado”, tal vez para capear la helada de la madrugada.

Según esta versión, con el tiempo un balcarceño conocido como El Pampa Llamas —que tocaba el bombo en Los de Balcarce— se dio cuenta de que un poncho que guardaba en el ropero no era suyo.

Buscó a Luna para devolvérselo.

Y ahí la historia tomó otro rumbo.

En un gesto enorme de camaradería, Argentino decidió regalárselo.

Así terminó el misterio: sin rencores, convertido en canción y en memoria compartida.

Desde entonces, cuando algo no aparece, cuando se pierde o queda en el aire sin resolverse, se dice con una sonrisa resignada:

 

“Son todos buenos paisanos, pero...”