Salí de la ciudad de San Juan por la Ruta 20 y, más adelante, tomé la 141 rumbo a Vallecito.
Vallecito es un lugar único: mezcla de desierto, fe popular y tradición cuyana. El viento Zonda sopla del oeste y trae olor a tierra seca. El paisaje es árido y hermoso. Cerros bajos, tierra rojiza y un sol que cae a plomo lo definen.
Este territorio nació de millones de años de viento, agua y sacudones de la tierra. Donde hoy se ven lomas áridas y cerros bajos, en otros tiempos hubo mares y un inmenso campo de dunas que avanzaba al ritmo del viento.
Las rocas todavía guardan esas historias: capas de arena traídas por ráfagas antiguas, piedras arrastradas por ríos ya desaparecidos y sedimentos acumulados sin apuro.
Por eso Vallecito exhibe esa mezcla tan particular de colores y texturas.
En este desierto duro y silencioso del noroeste argentino nació una de las historias más conmovedoras y persistentes del país: la de la Difunta Correa.
Deolinda Antonia Correa creció en Las Tapias, La Rioja, en una familia de arrieros y pequeños productores. Un mundo donde se conocía de memoria la sequía, el trabajo duro y la importancia de los lazos comunitarios.
Se casó con Clemente Bustos, también arriero, acostumbrado a los largos viajes por la región de Cuyo, las inclemencias del clima y la violencia inestable de las guerras civiles.
Hacia 1840, durante uno de esos conflictos entre unitarios y federales, Clemente fue capturado por una montonera federal y obligado a matar unitarios.
Tiempo después, la noticia llegó a Deolinda de boca de un desertor: su marido yacía enfermo y postrado en un campamento perdido del desierto de San Juan. Los enfermos no recibían cuidado alguno.
Su destino era una fosa anónima.
El mensaje era tan inmenso como el cielo riojano.
No era una extranjera en ese paisaje. Conocía los senderos y entendía los riesgos. La necesidad de salvarlo la empujó a emprender la marcha con su bebé, Bibiano, en brazos.
Una tarde, el Zonda bajó de los Andes cargado de polvo seco.
Era difícil ver el camino.
Los ojos le dolían.
Cuando la nube rojiza se asentó, se encontró en una huella que se desdibujaba entre cardones y piedras.
Había errado la ruta.
Cada duna que subía le mostraba la misma inmensidad hostil.
Estaba perdida.
El odre de agua se fue vaciando
y, con él, sus fuerzas.
Finalmente, sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas
y luego se desplomó suavemente
a la sombra de un algarrobo solitario,
en un paraje que los lugareños llamarían después Vallecito.
Con sus últimas fuerzas, acomodó a su bebé contra su pecho.
Días después, unos paisanos encontraron su cuerpo.
A su lado, Bibiano seguía con vida, mamando leche del pecho de su madre.
Este hecho, considerado un milagro, fue el germen de una devoción que empezó a crecer entre relatos de arrieros y viajeros, expandiéndose por los caminos.
La figura de Deolinda Correa, convertida en la Difunta Correa, comenzó a viajar con ellos, que pedían su protección en travesías largas y peligrosas.
Con el tiempo, los camioneros del siglo XX la adoptaron como patrona de las rutas. Levantaron pequeños altares en sus orillas, siempre delatados por un color: el rojo.
Ese rojo intenso en chapas, ladrillos y cruces habla de fuerza vital, de sacrificio y de una pasión que trascendió la muerte. A menudo se combina con el blanco de la pureza y la maternidad, o con algún tono de azul, como un destello de esperanza en el vasto paisaje.
Hoy su culto se ha esparcido por toda la Argentina y más allá. Un fenómeno alimentado por la migración y la fuerza imparable del testimonio oral.
Cada milagro contado atrae nuevos devotos. Cada promesa cumplida deja su marca en el santuario de Vallecito, convertido en una verdadera ciudad devocional.
Allí, las ofrendas crean un paisaje simbólico y conmovedor.
El sonido del viento se mezcla con el brillo de miles de botellas de agua, la ofrenda primordial para que nunca más pase sed.
Entre ellas asoman casitas en miniatura, sueños de hogar alcanzados; maquetas de autos y camiones que cuentan historias de viajes seguros y trabajos bendecidos; fotos y patentes, testimonio mudo de gratitud por una vida salvada, una enfermedad curada o un hijo llegado a salvo.
En el centro de todo permanece, inmutable, la imagen que dio origen al mito: la madre recostada, agotada por el viaje final, y el bebé que, contra todo pronóstico, sigue mamando de sus tetas.
Esa escena de amor sacrificial, enmarcada por el rojo de los altares y la transparencia del agua en las botellas, sigue convocando a miles.
Es una fe que no pertenece a ninguna institución. Vive en el corazón del paisaje y de la gente.
Y es en este mismo desierto que vine a buscar una imagen incómoda y urgente.
A fotografiar la sed.
La sed que no pertenece al mito, sino la de la tierra cuarteada, la de un suelo que se abre porque ya no tiene nada que ofrecer.
Busco una fotografía que hable del agua por su ausencia. Que muestre el límite al que llega un territorio cuando el recurso más básico escasea.
En un lugar marcado por la historia de Deolinda Correa, la misma aridez que acompañó su travesía hoy se extiende como un aviso ineludible. Aquí, donde la fe encontró un símbolo, el paisaje exige una imagen que funcione como advertencia.
El agua dulce del planeta es mínima. Apenas una fracción accesible, y gran parte ya está comprometida.
Por eso esta imagen que busco no es solo un registro estético: es una posición.
Fotografiar para incomodar, para señalar, para invitar a pensar en lo básico. No contaminar lo que nos mantiene vivos.
La fotografía tiene una historia de transformaciones profundas. Una imagen puede detener una guerra, denunciar una injusticia, cambiar una percepción.
El retrato de Sharbat Gula, fotografiada por Steve McCurry en 1984, hizo visible la vulnerabilidad de los refugiados en un solo par de ojos.
La imagen de la niña corriendo desnuda tras un ataque de napalm en Vietnam, tomada por Nick Ut, expuso la brutalidad de un conflicto y aceleró el rechazo mundial a la guerra.
Las fotografías de Sebastião Salgado mostraron, sin filtros, el impacto humano de la desigualdad y el deterioro ambiental.
Y, más cerca en el tiempo, la imagen del cuerpo de Alan Kurdi, el niño sirio ahogado en una playa turca, cambió para millones la forma de mirar el dolor de los refugiados.
Cuando una imagen lo hace bien, ya no se limita a mostrar: obliga a ver.
Eso busco acá. Que el ojo que la mire sienta la sed en la garganta.
Antes de volver a casa, le pido a la Difunta Correa que mis imágenes toquen muchos corazones.
Nota
Bibiano es un nombre de origen latino. Proviene de Vivianus o Vibianus, relacionado con la raíz vivus: "vivo", "lleno de vida", "el que vive".