



“La ruta es la vida”
Jack Kerouac
Desde que leí En el camino, de Jack Kerouac, se encendió una chispa que despertó la necesidad de moverme, de ir, de ver qué hay más allá de la curva, del próximo horizonte.
Y así voy: con la cámara en el asiento del acompañante, el mate caliente, y el viento con olor a aventura entrando por la ventanilla.
El norte argentino es poesía: montañas, desiertos, estepas, rutas rectas que cortan el paisaje, pueblitos que me encantan, cabras cruzando el camino.
Es 2011. Todo lo que me importa está ahí, a los costados del camino: un árbol torcido por el viento, una nube proyectando su sombra sobre un cerro, un gaucho a caballo que saluda sin decir palabra.
Son esos momentos preciosos en los que siento que estoy exactamente donde tengo que estar.
No porque haya llegado, sino porque estoy yendo.
Y en ese ir, la cámara se vuelve brújula.
Después de hacer mucha fotografía, creo que, al final, lo que busco no es la foto.
Es estar en movimiento. En la ruta. En el camino.
El sonido de las ruedas sobre el asfalto es introspectivo.
Avanzo por la Ruta Provincial 510, en San Juan, rumbo al noreste, hacia un destino que soñé muchas veces: el Valle de la Luna.
La primera vez que escuché hablar de él no fue en una clase de geografía. Fue por un mito, de esos que viajan de boca en boca y, con los años, se transforman en leyenda.
Un amigo de un amigo de un amigo me contó que Pink Floyd, después de su mítico concierto en las ruinas de Pompeya, soñaba con repetir esa experiencia mágica en otro lugar igual de desolado, natural y visualmente alucinante.
Fue entonces cuando apareció en el mapa el Parque Ischigualasto, en San Juan.
Corría el rumor de que la banda inglesa quería tocar en el Valle de la Luna.
Y como era imposible comprobarlo, el mito creció y creció.
Tenía lógica: el nombre ya era pura poesía psicodélica.
El paisaje, con sus formas imposibles y su aire de otro planeta, era perfecto.
Encima, su disco, “el lado oscuro de la luna", se había convertido en un ícono global.
Así, el Valle de la Luna se volvió un lugar mítico para muchos.
Decían que la acústica del valle era ideal.
Éramos chicos cuando esa historia llegó a nosotros.
Nos juntábamos los amigos del barrio alrededor del pasacasette, a compartir la música y a soñar.
Y cuando Pink Floyd irrumpió como un cometa en nuestro universo, ese mito del concierto en el Valle de la Luna se volvió real para nosotros.
No importaba si era cierto o no. Importaba lo que nos hacía imaginar.
Ahora estoy, veinte años más tarde, chequeando por tercera vez si tengo las baterías de la cámara cargadas a tope, a punto de entrar al parque.
Es primavera. Perfecto para recorrerlo.
El nombre Ischigualasto proviene del diaguita, una lengua hablada por los pueblos originarios que habitaban el noroeste argentino mucho antes de la expansión incaica y la colonización española.
Su significado tradicional y poético es “lugar donde se posa la luna”, una hermosa interpretación que refleja la conexión profunda entre el paisaje, el cielo y la cosmovisión de las culturas nativas, donde lo terrestre y lo celestial eran parte de un mismo universo.
Sin embargo, algunos etimólogos sostienen que Ischigualasto probablemente signifique “tierra sin vida” o “lugar donde muere lo que vive”, lo que tiene sentido al observar la aridez extrema de esta zona.
Es como un mundo extraterrestre que te hace sentir la dureza de la supervivencia en un entorno tan único.
Pero a mí —y a muchos— nos gusta pensar que el nombre “Valle de la Luna” le hace justicia a este paisaje surrealista.
Antes de comenzar el recorrido guiado, paso por el Centro de Interpretación de la Universidad Nacional de San Juan y el Museo de Sitio Dr. William Sill, ubicados al inicio del circuito.
Allí puedo ver fósiles reales, conocer de cerca el trabajo paleontológico en vivo y recorrer exposiciones multimedia.
Tomo verdadera dimensión de la importancia que tiene preservar esta zona.
Es una puerta abierta para estudiar la historia temprana del planeta.
Es el único lugar del mundo donde puede observarse, de forma completa y clara, la secuencia continental del Período Triásico, de hace más de 200 millones de años: la era en que surgieron los primeros dinosaurios.
En el año 2000, la UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad, por su enorme valor natural y científico.
Ya dentro del parque, avanzo en medio de una caravana de unos veinte vehículos.
Vamos en fila, como una serpiente metálica que se desliza lentamente por el corazón del desierto, guiados por personal del parque.
Un polvo rojizo se levanta detrás de cada rueda.
Serán 40 kilómetros de un circuito entre formaciones milenarias.
El recorrido completo dura unas tres horas.
El terreno es árido y colorido, con suelos que van del rojo intenso al gris ceniza.
Nos detenemos en cinco estaciones para contemplar las geoformas: El Hongo, El Submarino, La Cancha de Bochas, el Valle Pintado y El Gusano.
Estas esculturas naturales fueron talladas por millones de años de viento y agua.
Realmente son sorprendentes.
Pero no era lo que me había imaginado.
Como fotógrafo paisajista, estoy acostumbrado a caminar, a esperar la luz, a perderme en la naturaleza.
Y aunque entiendo perfectamente la necesidad de cuidar este paisaje singular, no puedo evitar sentirme encerrado.
Encerrado en medio de la inmensidad.
No está permitido descender del vehículo durante el trayecto, ni buscar otros puntos de vista, ni alejarse del sendero señalizado.
Todo está estrictamente regulado.
Y está bien que así sea.
Sin embargo, añoro la posibilidad del desvío, del gesto libre, del paso fuera del límite.
El parque está cerrando.
La jornada se apaga con el sol.
Vuelvo con sentimientos encontrados.
Feliz por haber pisado esta tierra que tanto me inspiró, pero con el deseo intacto de regresar con más libertad, alguna noche de luna llena, para hacer esa caminata especial que solo se ofrece cuatro veces al mes: dos noches antes, la del plenilunio, y la siguiente.
Dicen que, cuando la luna toca las piedras con su luz plateada y el cielo se vuelve más profundo, uno realmente siente que camina sobre la luna misma.
Es, quizás, lo más cerca que se puede estar de sentirse un astronauta.
Me voy con más ganas de volver.
Hay paisajes que necesitan ser recorridos también de noche, cuando revelan otra cara.