“Un solo color basta para transformar el aire.”
—Henri Matisse


Es 2016.
Como guía de las expediciones fotográficas del Club de Exploradores, llegué junto a un grupo de diez viajeros al Noroeste Argentino.
Venimos siguiendo paisajes y huellas antiguas.
En la Puna, el aire es seco y fino; el cielo, más inmenso. El silencio se impone, salvo por el viento.
Me acompaña Flor, con una pequeña pasajera en su interior, llamada Abril, latiendo en su quinto mes de viaje.
A 4.300 metros respiramos lento y profundo.
Estamos frente a una maravilla de la naturaleza: el Cerro Hornocal.
El Hornocal —también conocido como la Montaña de los 14 Colores— es uno de los paisajes más impactantes de la provincia de Jujuy y de toda la Argentina.
A unos 25 kilómetros de Humahuaca, el trayecto hasta llegar ya es una experiencia visual. Forma parte de la Quebrada de Humahuaca, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2003 por su valor cultural y paisajístico.
La serranía despliega una paleta de hasta catorce tonos vibrantes —rojos, verdes, ocres y violetas—, un regalo para cualquier fotógrafo por su singularidad geológica y su fuerza estética.
Las formas en zigzag y las texturas que el tiempo fue desgastando crean una profundidad única, perfecta para imágenes cargadas de atmósfera.
No hay sol.
Esta es la única oportunidad que tengo de fotografiarlo, así que voy a hacer lo mejor que pueda con la luz que hay.
Pero el Hornocal no es solo una postal para los ojos. Es parte de un territorio cargado de historia andina y de cosmovisión originaria, que le confieren un sentido tan profundo como su propia imagen.
La Quebrada de Humahuaca fue hogar de pueblos como los omaguacas y los collas, enlazados al vasto mundo andino.
En esa mirada ancestral, la tierra, las montañas y los ríos no son solo paisajes: son seres con vida y significado —apus, Pacha— que respiran y acompañan el andar del hombre.
En la región del Hornocal se conservan tramos del Qhapaq Ñan, la gran red de caminos del Imperio Inca —el Tawantinsuyu— que conectaba los Andes desde Perú hasta el noroeste argentino.
Hoy, las comunidades originarias de la zona siguen sosteniendo ese vínculo con la tierra.
Su labor va más allá de acompañar a quienes llegan: también es parte de una lucha por el reconocimiento, la identidad y la preservación de la Pacha frente a la explotación del litio que avanza sobre la Puna.
Esta montaña es un tapiz que narra la historia del tiempo, tejido por sedimentos marinos y volcánicos, y por minerales como el hierro, el cobre y el azufre que, durante millones de años, fueron dando forma a sus colores y texturas.
Es la memoria profunda de la tierra convertida en arte natural.
Disparo mi cámara desde diferentes puntos de vista, buscando capturar su belleza salvaje.
Mientras fotografío, pienso en esa pequeña pasajera que todavía no conozco.
No sé cuánto de un paisaje puede viajar con nosotros.
Tampoco sé si algo de esta montaña quedará en ella.
Pero me gusta imaginar que sí.
Nueve años más tarde.
Abril es un estallido de color.
Colores que abrazan a todos los que se cruzan en su camino.
Baila con pinceladas multicolores que se enredan en su sonrisa y chispean en su mirada.