La Perla del Atlántico despliega su encanto entre playas, acantilados, sierras y el campo pampeano que la rodea. Pero, entre tanta obra de la naturaleza, hay una construcción hecha por el hombre que se integra al paisaje y sobresale como uno de los hitos arquitectónicos más importantes de la Argentina y del mundo.

 

Tenía 18 años cuando llegué desde mi pueblo, Rauch, a Mar del Plata para estudiar Turismo.

 

Pero el destino ya tenía otros planes.

 

Cuando llegué al mostrador, la inscripción había cerrado.

 

Empecé entonces a recorrer el complejo universitario, preguntando qué carreras seguían abiertas. Puede sonar gracioso ahora, pero en ese momento no me pareció tanto.

 

Todo sucede muy rápido.

 

A esa edad, uno debe elegir en qué volcará, al menos por unos años, su tiempo, su energía… y una parte de su vida, si no es que toda.

 

Y salvo que tengas una vocación muy clara, ¿quién sabe realmente qué quiere ser en medio de ese torbellino de emociones que burbujean por cada poro?

 

Después de ir de una ventanilla a otra, terminé inscribiéndome en Arquitectura, en la FAUDI, Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño Industrial.

 

Aprobé el curso de ingreso, pero después me pasé a Diseño.

 

Y ahí empezó otro viaje.

 

La universidad fue una etapa bellísima de mi vida: amigos, reuniones, viajes y mucho, muchísimo esfuerzo.

 

En esos años trabajaba para una editorial de libros, editando y compaginando ejemplares para bancar la vida en mi nueva ciudad.

 

En uno de los pasillos de la Facultad había una fotografía a la que siempre volvía.

 

Por su estilo, creía que se trataba de una obra europea, firmada por alguien llamado A. Williams. Ese apellido no me sonaba muy de acá.

 

Imaginate, yo soy Larralde.

 

Williams me sonaba al rugido de un V8 en el Gran Premio de Silverstone de Fórmula 1.

 

La imagen mostraba una casa suspendida con elegancia sobre un gran arco de hormigón que abrazaba un arroyo. Una estructura tan sutil como audaz, en perfecto diálogo con el entorno.

 

¿Cómo iba a imaginar que esa casa estaba a solo cuatro cuadras de la Facultad?

 

Amancio Williams (1913-1989) fue uno de los arquitectos argentinos más innovadores del siglo XX y una figura fundamental de la arquitectura moderna.

 

Su obra buscó unir estructura, paisaje y vida cotidiana de una manera adelantada a su tiempo. Fue contemporáneo de Le Corbusier, con quien mantuvo contacto e intercambio de ideas, y su trabajo terminó estudiándose en universidades y museos de todo el mundo.

 

La Casa sobre el Arroyo, también conocida como Casa del Puente, fue diseñada entre 1943 y 1945 por Amancio Williams y su esposa, Delfina Gálvez Bunge. La construyeron para su padre, Alberto Williams, compositor y pianista argentino.

 

La idea era simple y, para la época, revolucionaria: que la casa pareciera flotar sobre el paisaje.

 

El gran arco de hormigón, de 27 metros, sostiene la vivienda y permite que el arroyo Las Charcas continúe su recorrido por debajo. La casa se eleva, abre las vistas y deja que el bosque entre en ella.

 

Está implantada en un terreno natural de más de dos hectáreas, hoy parte de una reserva urbana de Mar del Plata.

 

Sus grandes ventanales atraviesan la casa de lado a lado. La luz, el viento, los árboles y el sonido del agua forman parte de la arquitectura.

 

Para entender lo revolucionaria que fue hay que volver a los años 40, cuando la mayoría de las viviendas respondían a ideas mucho más tradicionales sobre cómo debía ser una casa.

 

Esta no.

 

No tenía adornos innecesarios ni buscaba imponerse sobre el paisaje. Su belleza estaba justamente en lo contrario: en la manera en que lograba convivir con él.

 

El arco que la sostiene fue, además, una verdadera proeza técnica para su tiempo. Pero quizás lo más extraordinario es que, tantos años después, la casa siga pareciendo moderna.

 

Como diseñador y fotógrafo de naturaleza, me fascina la manera en que capta la luz, enmarca el bosque y se deja intervenir por los elementos.

 

Los árboles se cuelan por los ventanales.

 

El sonido del agua acompaña cada encuadre.

 

Un puente real y simbólico entre el ser humano y la naturaleza.

 

Y hay algo más que me interesa especialmente: la mirada que propone.

 

Williams pensó esta casa mucho antes de que habláramos de sustentabilidad como lo hacemos hoy. Su manera de intervenir el paisaje, buscando tocarlo lo menos posible y aprovechar sus condiciones naturales, sigue siendo sorprendentemente actual.

 

En mi oficina tengo enmarcada una postal de la Casa sobre el Arroyo que me regaló mi amiga Ana Biasone hace unos diez años.

 

Esa imagen me inspira a diseñar y a crear.

 

La manera en que la casa se funde con el paisaje —conviviendo con él, en lugar de imponerse— es algo que intento aplicar en mi propio trabajo.

 

Ya sea al diseñar una prenda, hacer una foto o narrar una historia, siempre busco lo mismo: una armonía genuina entre lo humano y lo natural.

 

Me interesa lo esencial, lo que no necesita gritar para ser visto.

 

La Casa sobre el Arroyo me recuerda que hay belleza en la quietud, en lo mínimo, en lo que sabe estar sin imponerse.

 

De nuevo estamos Manu, de 5 años, Abril, de 8, Flor y yo en la Casa.

 

Son las vacaciones de invierno.

 

El año pasado, los chicos entraron por primera vez. Esta vez nos costó un poco más convencerlos de que volver era un buen plan.

 

En aquel entonces solo se podía visitar una parte.

 

Ahora, después de una restauración completa, cada ambiente volvió a abrirse y se puede recorrer la casa entera.

 

Pero no se puede tocar nada.

 

No se están divirtiendo tanto como esperaba.

 

Yo, en cambio, estoy feliz.

 

Estoy utilizando tiempos de exposición largos para lograr fotografías más sugerentes y expresivas. La casa cambia con cada encuadre: la luz atraviesa los ambientes, los árboles aparecen y desaparecen detrás de los vidrios, y el paisaje parece formar parte de la estructura.

 

Pero esta belleza tuvo que atravesar momentos muy oscuros.

 

Tras la muerte de Alberto Williams, en 1952, la casa pasó por distintas manos y atravesó un largo período de abandono y vandalismo. En 2001 y 2004 sufrió dos incendios intencionales.

 

Podría haber desaparecido.

 

Sin embargo, fue recuperada, restaurada y convertida en museo.

 

Su historia es también una historia de resiliencia.

 

La Casa fue estudiada y exhibida en universidades y museos de todo el mundo, incluido el MoMA de Nueva York. En 2024 recibió el Modernism Prize del World Monuments Fund, como reconocimiento a su importancia dentro del patrimonio moderno mundial.

 

Como te conté antes, en el relato 8, “Artistas del Camino”, este nuevo sendero de narrar historias me está regalando experiencias mágicas; de esas que aparecen cuando uno se anima a andar su propio camino.

 

Cuando llamé a Ana Biasone —amiga y miembro de la Asociación Amigos de la Casa sobre el Arroyo— para hacerle algunas preguntas que pudieran iluminar este cuento, se alegró al instante.

 

“¡Qué linda coincidencia!”, me dijo. “Ahora soy la presidenta de la Asociación… y justo estamos necesitando fotos de la Casa para un catálogo que vamos a presentar a empresas, con el objetivo de invitarlas a acompañarnos en las tareas de puesta en valor de la Casa”.

 

Me quedé pensando.

 

Y ahí sentí, con más fuerza que nunca, que cuando hacés lo que realmente querés hacer, las historias encuentran su propio rumbo.

 

Y a veces te llevan exactamente al lugar donde tenías que estar.

 

Ahora estoy otra vez frente a la Casa.

 

Pero esta vez no como estudiante, ni solamente como admirador.

 

Estoy con mi cámara, invitado por la Asociación Amigos, con la misión de crear imágenes que despierten el interés de quienes puedan sumarse a apoyar su preservación.

 

Es un privilegio poco común tener la oportunidad de fotografiar algo que admiro tanto.

 

Y más todavía hacerlo de esta manera: la Casa fue abierta solo para mí.

 

Pienso en aquel chico de 18 años que caminaba por los pasillos de la Facultad y se detenía frente a una fotografía sin imaginar siquiera dónde estaba esa casa.