La fotografía es el medio que utilizo para despertar en los demás un sentimiento de conexión con el mundo natural.
Estoy explorando la Albufera de Mar Chiquita, un humedal costero único en Argentina, muy valioso por su biodiversidad y por el papel que cumple en el equilibrio ambiental de la región.
A unos 30 kilómetros al norte de Mar del Plata, la costa se interrumpe abruptamente. El océano se repliega detrás de una línea de arena y da lugar a una albufera inmensa que respira al ritmo de las mareas.
La palabra albufera viene del árabe al-buhayra (البحيرة), que significa laguna.
Pero esta no es una laguna más. Es el escenario de un abrazo íntimo y perpetuo entre el agua dulce y el agua salada.
En sus aguas serenas, el agua de los ríos y arroyos se encuentra con la sal del mar y crea un paisaje único. Canales que parecen venas líquidas la conectan con el océano y permiten que la vida fluya y se renueve en un eterno vaivén.
Desde lugares remotos del planeta, viajeros alados emprenden peregrinaciones épicas para descansar en sus orillas. Flamencos que pintan el horizonte de rosa pálido. Cisnes y garzas que se mueven con elegancia entre los juncos y las aguas poco profundas.
Bajo la superficie, un mundo bulle. Peces, cangrejos y moluscos encuentran refugio y alimento.
Manu y Abril están aprendiendo a hacer patitos con una piedra. Espero que no le peguen a algún pez distraído. Nunca lo había pensado así antes.
La albufera sostiene una delicada red de vida. Sus aguas retienen nutrientes, ayudan a proteger la costa de la erosión y amortiguan el impacto de las inundaciones. Todo funciona en un equilibrio que parece silencioso, pero que está ocurriendo todo el tiempo.
Los pueblos originarios la llamaban “Mar Chiquito”.
Camino por la orilla, buscando capturar su belleza prístina.
Normalmente, solo pienso en que la foto me guste a mí. Está buenísimo que a otras personas les guste mi trabajo, por supuesto, pero no me lo planteo en el momento de crear una imagen.
Disparo varias veces hasta que el frío me obliga a refugiarme nuevamente en la camioneta. Las bajas temperaturas hacen que la batería de la cámara se descargue más rápido. Por suerte, tengo otra de repuesto.
Es domingo al mediodía y, muy cerca de acá, se come increíble.
Albuferina es el refugio de una amiga.
Julia, la artista detrás de este proyecto, encontró en la laguna una fuente permanente de inspiración. Pinta, fotografía, hace cerámicas de la fauna local y crea esculturas con las maderas que trae la marea.
También cocina. Y cocina como antes: a la olla, despacio, con guisos y estofados preparados a partir de recetas heredadas de su mamá y su abuela. Comidas que llevan tiempo y dedicación y que se disfrutan sin apuro.
“Este es mi lugar en el mundo, siento que soy Mar Chiquita”.
Aunque nació en Mar del Plata, hace veinte años Julia decidió mudarse con sus tres hijos a una casa justo frente a la albufera. Desde ahí puede ver algunos de los atardeceres más lindos.
Hasta las tortas llevan algo del paisaje. La Lagartija del Médano, un bizcochuelo de chocolate, y La Torta Humedal son parte de ese universo.
“En esta época taaan globalizada, nos enfocamos en la esencia de este lugar que amamos con todo el corazón”, dice Julia.
Y se nota.
A pocos pasos de Albuferina se levanta una construcción que parece salida de un relato futurista: la Escuela N.º 12 Manuel Hornos, más conocida como la Escuela Sustentable de Mar Chiquita.
Fue diseñada por Michael Reynolds, un arquitecto norteamericano que se parece más a Keith Richards que a Mies van der Rohe.
Reynolds es pionero de la arquitectura sustentable y creador del concepto Earthship Biotecture: construcciones hechas, en buena parte, con aquello que otros descartan —neumáticos, botellas, latas— y diseñadas para generar su propia energía, recolectar agua de lluvia y producir alimentos, funcionando al margen de la red.
La ONG uruguaya Tagma impulsó el proyecto junto con organizaciones, gobiernos, educadores y vecinos. Durante 45 días, más de 200 voluntarios de distintos países trabajaron codo a codo con el propio Michael Reynolds para levantar la primera escuela pública sustentable del país.
La construcción y la educación sucedían al mismo tiempo. Cada día, quienes participaban no solo mezclaban barro o acomodaban materiales reciclados. También estaban sembrando una nueva manera de mirar el mundo y de pensar la escuela.
Ahora estoy nuevamente frente al edificio.
Ya había estado tres veces antes: durante su construcción, cuando todavía era una promesa en pie, y después, cuando las aulas ya estaban llenas de vida.
La primera vez que volví, Leonardo Sardi nos abrió las puertas con esa generosidad de quien abre un lugar que nació del deseo de ser compartido. Nos llevó por todos los rincones y nos mostró cómo funcionaba.
Las paredes están hechas con neumáticos usados, que acumulan el calor del sol durante el día y lo liberan lentamente durante la noche. Así, la temperatura interior se mantiene estable durante todo el año, sin necesidad de calefacción ni aire acondicionado.
La luz natural entra abundante pero suave a través de los grandes ventanales del frente, orientados para aprovechar el sol en invierno y evitar su incidencia directa en verano.
El aire también trabaja. Tubos enterrados traen aire fresco desde el exterior, enfriado por la tierra, mientras el aire caliente asciende y escapa por las claraboyas del techo.
El agua de lluvia se recoge y se filtra para abastecer la escuela. Los paneles solares producen la electricidad.
Y dentro del invernadero crecen lechugas, tomates y zapallos.
Todo está pensado para aprovechar lo que ya existe: el sol, la lluvia, la tierra, el viento.
Los chicos aprenden que el futuro también puede construirse así.
La segunda vez, Daniel Aroxt, uno de los voluntarios que ayudaron a construirla, nos recibió con una sonrisa y compartió su historia, su pasión y su compromiso con la sustentabilidad.
“Fue un sueño, algo que aún hoy, al mirar atrás, me sorprende. Un año antes había conocido la escuela que Tagma construyó en Jaureguiberry, Uruguay, y a partir de ahí comencé a familiarizarme con la obra de Michael Reynolds.
En casa ya teníamos incorporados ciertos hábitos de separación de residuos y compostaje, pero esto era otro nivel. No solo se construía con residuos, sino que, por diseño y orientación, ofrecía confort térmico todo el año y la posibilidad de vivir en modo off-grid en cualquier parte del planeta. El concepto me pareció fascinante.
Cuando me enteré de la búsqueda de embajadores para el proyecto, no lo dudé y me postulé, aunque no sabía bien cómo iba a hacer, ya que implicaba estar fuera de casa más de un mes. Todo se dio y pude vivir el sueño de estudiar el funcionamiento de estas construcciones con el equipo de mi héroe. Fue un combo perfecto que significó un antes y un después en mi vida.
Me encontré conviviendo con gente muy parecida a mí, pero que hablaba otros idiomas, algunos muy extraños, como el finlandés, aunque intentábamos comunicarnos con un inglés más o menos chapuceado.
Descubrí que, más allá de las diferencias culturales, todos buscamos un vínculo sano con la tierra. Ahí me cayó la ficha de que la humanidad toda busca las mismas cosas”.
Daniel recuerda sus momentos con Michael Reynolds, su héroe, con una sonrisa.
“No siempre uno tiene la posibilidad de compartir tiempo con alguien a quien admira tanto. Un día me encontré rellenando neumáticos con tierra junto a mi ídolo”, dice con entusiasmo.
“Me lo cruzaba todos los días por las calles del pueblo. Andaba en una bici tipo inglesa que le habían prestado para que se moviera, y en el bar del pueblo, donde todos nos juntábamos a compartir historias. Son cosas que voy a recordar siempre”, concluye con una sonrisa gigante.
Los chicos miran todo con los ojos muy abiertos. Como las lechuzas que nos cruzamos hace un rato.
No pueden creer lo que ven.
Esta escuela es tan distinta de las que ellos conocen que parece salida de un sueño.
Pienso en lo lindo que sería que existieran más lugares así.
Si alguna vez tengo nietos, me encantaría que crecieran en una escuela como esta.
Un cartel dice:
“Buscamos que la sostenibilidad se convierta en un estilo de vida”.
Ojalá.