No por nada algunos fotógrafos dedicaron su vida a retratar el mar, persiguiendo el andar orondo de sus olas.

Ahora mismo estoy pedaleando por la costa de Mar del Plata, intentando atrapar en imágenes la belleza de su movimiento.

Me gustan esos paisajes que no tienen un punto fijo de atención, y ese cromatismo medio impresionista que a veces se logra usando tiempos de obturación lentos.

También busco que el mar se parezca más a una emoción que a una evidencia.

Lo bueno del invierno es que no hace falta madrugar mucho para ver el sol empezar el día desde el mar.

Cuando éramos chicos en Rauch, salir a andar en bici era lo más.

No importaba hacia dónde. Lo importante era salir, seguir ese impulso incontrolable de moverse.

A veces éramos más de diez amigos del barrio: una estampida sobre dos ruedas a toda velocidad cruzando el pueblo, el Prado Español, del puente Juan Silva al balneario, ida y vuelta.

Teníamos entre cinco y ocho años cuando vimos Los Bicivoladores, un domingo a la tarde en el Cine Teatro Candilejas.

Esa película nos voló la cabeza.

Hay que ponerse en contexto: era 1984.

No solo era una época sin internet ni teléfonos inteligentes… ¡ni siquiera teníamos tele a color!

El primer televisor a color que entró en casa llegó para el Mundial del 86.

Y se veían dos canales: el 8 y el 10 de Mar del Plata.

Yo amaba mi bici.

Era mi nave, mi libertad.

Pero ver una aventura en bicicletas en pantalla grande, con persecuciones y saltos imposibles, fue otra cosa.

Los protagonistas no eran superhéroes: eran como nosotros.

Con bicis más o menos parecidas a las nuestras —o sea, tenían dos ruedas— y esa misma sensación de “me mando aunque no sepa qué va a pasar”.

Y de pronto, andar en bici no era solo dar vueltas por el pueblo: era rebelarse.

Salimos del cine encendidos.

Agarramos las bicis y volamos —literal— hasta el arroyo.

Casi creíamos que, si armábamos una buena rampa, podíamos cruzarlo por el aire.

Esa película nos dio permiso para soñar más fuerte.

Fue inspiración pura.

No era solo una historia: era la validación de nuestro universo.

Las bicis dormían en la vereda toda la noche. Ni se nos ocurría que alguien pudiera llevárselas.

Las dejábamos ahí, después del atardecer, y las volvíamos a agarrar después del desayuno.

La vida transcurría entre pedaleadas.

Desde la primera, con rueditas, siempre tuve una bici que amé en cada etapa de la vida.

La más especial fue una estilo Cruiser americana, con asiento largo.

Tenía diez años cuando, una tarde, llegué de la escuela y ahí estaba: en el patio de casa, esperándome.

El cuadro de líneas curvas, de color naranja, parecía un cometa domesticado.

El manubrio estirado tipo Hurley me hacía sentir el dueño de la calle.

La rueda de atrás era más grande que la de adelante. Las cubiertas tenían bandas blancas, en el frente una lámpara y detalles cromados.

Era hermosa.

Cuando llegué a Mar del Plata en el 95 a estudiar diseño, me traje una bici de carrera urbana, roja metalizada.

Volaba.

Iba y venía de la facultad y cartografiaba mi nueva ciudad con esa libertad única que solo una bicicleta puede dar.

Después tuve una de montaña, una GT Avalanche azul, con la que viajé por el noroeste argentino y también exploré la Patagonia.

Ahora la usa papá, que con 80 vueltas al sol sigue pedaleando.

Hace diez años que tengo una Trek Marlin 7, rodado 29, negra y azul Francia, equipada con portaalforjas, un bolso en el manubrio para mi cámara y, atrás, una silla de niños.

Al principio la usé para llevar a Abril a recorrer la costa, y también para llevarla al jardín aquel invierno que me robaron la camioneta.

Ahora llevo a Manu, que todavía cabe en la silla.

La historia de la bicicleta empezó como un juego sin pedales y se convirtió en libertad con cadena.

Hace más de doscientos años, el celerífero tenía dos ruedas en línea, pero no pedales ni dirección. Había que sentarse y empujar con los pies.

Después llegó la draisiana, con dirección. Más tarde aparecieron los pedales, primero sobre la rueda delantera, y luego la cadena, los neumáticos inflables y los frenos.

Hacia fines del siglo XIX nació la bicicleta con una configuración muy parecida a la que conocemos hoy.

Desde entonces fue cambiando de forma según lo que necesitábamos: bicicletas de carrera, de montaña, urbanas, BMX, plegables y, más recientemente, eléctricas.

Pero hay algo que no cambió.

La bicicleta sigue siendo una manera simple de moverse por el mundo.

No hace ruido. No ocupa casi espacio. Te lleva lejos sin aislarte del camino.

David Byrne lo entendió muy bien.

En Diarios de bicicleta recorre ciudades como Berlín, Buenos Aires, Estambul, Manila y Nueva York mientras piensa sobre urbanismo, arte, música, política y vida cotidiana.

Byrne, líder de Talking Heads, lleva décadas usando la bicicleta como medio de transporte.

Su mirada parte de algo sencillo: cuando uno recorre una ciudad en bicicleta, la ciudad cambia.

Se ven detalles que desde un auto pasan desapercibidos. Se escucha más. Se siente el clima. Aparecen otras velocidades y otras distancias.

La bicicleta te acerca.

Quizás por eso me gusta tanto para hacer fotos.

Las olas se suceden sin urgencia.

Para fotografiar el mar en Mar del Plata, la bici es ideal. La ruta acompaña la forma serpenteante de la costa y permite recorrer muchos kilómetros sin perder la conexión con el entorno.

Desde Santa Clara hasta Miramar, el terreno invita a pedalear con el mar siempre cerca.

Voy avanzando, mirando.

A veces freno.

Otras sigo unos metros hasta encontrar otro ángulo. O espero ese instante en que una ola, la luz y el movimiento coinciden.

Andar en bici y hacer fotos es un híbrido que activa los sentidos.

 

El movimiento despierta la mirada.